1810 – SEMANA DE MAYO – 2020

Download PDF
Estamos a pocos días de iniciar una nueva Semana de Mayo y de recordar, en breve síntesis, los acontecimientos que marcaron uno de los momentos fundamentales de nuestra existencia como nuevo Estado independiente en Latinoamérica o por lo menos el esfuerzo puesto por nuestros padres de la nacionalidad para empezar a ser una nueva y gloriosa nación.

El relato de la sucesión de hechos que se hilvanaron para llegar al 25 de mayo lo dejo para que sean investigados por los lectores, sugiriéndoles que no se dejen entrampar por los vulgares compiladores anuentes con los diferentes gobiernos de turno que armaron una historia argentina con tijeras y engrudo empapada con la hiel partidista a la medida de sus auspicantes.
Sin lugar a dudas lo más difícil es ubicarse en tiempo y espacio para intentar tener una visión aproximada de lo que realmente aconteció, tratando de no contaminar la escena con todos los prejuicios que la corporación política instaló en nuestra ciudadanía desde mediados del siglo 19 hasta nuestros días.
Convengamos que ni siquiera los actores, de la semana que recordamos, estaban seguros del paso que estaban a punto de dar y tampoco se encontraban de acuerdo en un ciento por ciento en lo que se debía hacer.
Largo había sido el proceso anterior, desde la creación del Virreinato del Río de la Plata (1776) hasta las sucesivas invasiones inglesas de 1806 y 1807 con sus secuelas políticas y económicas.
Las tres décadas que median entre ambos sucesos no tuvieron un comienzo muy afortunado, ya que la creación del nuevo Virreinato era una medida tomada por la metrópolis para enfrentar las siguientes cuestiones:
  1. Frenar cualquier intento independentista en las colonias, especialmente en Buenos Aires, dado el reciente proceso emancipador norteamericano;
  2. Terminar con el contrabando llevado a cabo en el Río de la Plata y, especialmente, desde la Colonia de Sacramento (hoy Colonia, Uruguay), que perjudicaba sensiblemente a los comerciantes de la península (1);
  3. Darle a la Gobernación del Rio de la Plata una jerarquía que le había sido negada al hacerla depender del Virreinato del Perú, más aun a sabiendas de las actividades expansionistas de Inglaterra – en particular durante el siglo 18 en el mar Caribe -, en razón de la extrema necesidad de conseguir nuevos mercados para su economía creciente que competía en inferioridad de condiciones con la producción China, cuya población en el siglo 18 se estimaba en más de 150 millones de habitantes.
Sin lugar a dudas, la mayoría de los propulsores de la acción independentista en el Río de la Plata, sólo pensaban en el objetivo político en primer lugar y en el económico en segundo lugar.
De ellos, el Dr. Mariano Moreno era el más audaz en el aspecto político y la equilibrante era su amigo, el Dr. Manuel Belgrano en el aspecto económico. La visión del tercero en discordia, el Coronel Cornelio Saavedra, a la sazón Jefe del Regimiento de Patricios, no era demasiado concordante con la de los otros, dada su posición militar impregnada de obediencia a los mandos naturales, i.e. la autoridad Virreinal.
Lo cierto es que las noticias que llegaban desde Europa con el desarrollo de la campaña napoleónica y el sometimiento de la metrópolis al dominio francés llevaron la situación rioplatense a una toma de decisión que, si bien venía madurando a posteriori de los intentos de apropiación británicos, varios de los futuros revolucionarios se vieron impelidos a concretar la asonada, no sin antes buscar el consenso entre la población de la ciudad y – lo que era más difícil – sin contar con el acuerdo concreto de las principales ciudades del Virreinato.
Ninguno de esos factores amilanó a los revolucionarios quienes en instancia decisiva se lanzaron a la maravillosa aventura de independizarse de España.
Sabido es que también existía presión por parte de los comerciantes de Buenos Aires al sentirse perjudicados por el control ejercido sobre el contrabando de mercaderías (aunque no total, dada la corruptela instalada en los más importantes cargos virreinales), muchas de orígenes no peninsulares, pero que mejoraban la performance y competitividad doméstica.  
Por otro lado, la formidable presión de Gran Bretaña se hacía cada vez más ostensible, en particular a partir de la invasión de los ejércitos napoleónicos a la península ibérica y el cierre de importantes mercados para la pujante economía de los británicos en la Europa continental.
Esto fue también un aliciente para que ese puñado de criollos forzara la convocatoria del Cabildo local para definir cuál sería la autoridad gobernante a partir de la disolución de la Junta de Sevilla (órgano que reemplazó temporalmente al rey Fernando VII), por parte del Napoleón Bonaparte.
El acuerdo alcanzado el 22 de mayo de 1810, entre los representantes de la ciudad y las autoridades virreinales, no fue ratificado por los referentes populares y terminó prevaleciendo la elección de una Junta Provisional de Gobierno compuesta en su mayoría por criollos sin relación con el Cabildo.
La Junta Provisoria Gubernativa quedó constituida el 25 de mayo de 1810, según consta en Acta original, por los siguientes miembros: Don Cornelio de Saavedra; Dr. Don Juan José Castelli; Lic. Don Manuel Belgrano; Don Miguel de Azcuénaga; Dr. Don Manuel Alberti; Don Domingo Mathéu; Don Juan de Larrea; y los SS Secretarios Dr. Don Juan José Paso y Dr. Don Mariano Moreno.
Antecedentes personales:
Cornelio Judas Tadeo de Saavedra – Político y militar criollo  (1759-1829);
Dr. Juan José Castelli – Abogado y político criollo  (1764-1812);
Lic. Manuel Belgrano – Economista, abogado y político criollo (1770-1820);
Miguel Ignacio de Azcuénaga – Militar y político criollo (1754-1833);
Dr. Manuel Maximiliano Alberti – Sacerdote y político criollo  (1763-1811);
Domingo Bartolomé Mathéu – Comerciante y político español  (1765-1831);
Juan de Larrea – Comerciante y político español  (1782-1847);
Dr. Juan José Paso – Abogado y político criollo (1758-1833);
Dr. Mariano Moreno – Abogado y político criollo  (1778-1811).
Ese 25 de mayo de 1810 pretendió significar el fin de la dominación española en el Río de la Plata y sus posesiones interiores, pero asimismo era el principio de un largo período de lucha, dolor, sacrificio y muerte para los criollos.
Ahí estaba el meollo de la situación, el ponerse – metafóricamente – los pantalones largos y dejar de ser una pobre colonia de ultramar de la metrópoli para convertirse en un faro de libertad para la América del Sur.
Ese puntapié inicial fue el imán para que muchos de los criollos que se hallaban en otros lugares del orbe, fuesen atraídos a la tierra de sus padres, i.e. a la Patria en ciernes.
La última batalla por la independencia de España se libró el 9/12/1824 (Ayacucho – Perú) con un triunfo patriota, i.e. catorce años y siete meses más tarde desde la firma del Acta del 25/5/1810 en el Cabildo de Buenos Aires.
Para la fecha de la batalla de Ayacucho, ya habían pasado a la inmortalidad Mariano Moreno (1811), Manuel Alberti (1811), Juan José Castelli (1812) y Manuel Belgrano (1820), todos miembros de la Primera Junta y que no pudieron ver el triunfo definitivo de las armas patrias sobre el opresor realista.
A doscientos diez años de este hito trascendental en la historia de nuestra Nación, cabría preguntarse si hoy, desde el sitial del señorito satisfecho – al decir de Ortega y Gasset –, le adjudicamos algún valor a la iniciativa de nuestros padres de la Patria y al sacrificio de miles de vidas criollas para asegurarnos los beneficios de la libertad que con tanta excelsitud expresa el preámbulo de la Constitución Nacional.
Porque la conmemoración de esta fecha ha dejado de ser, desde hace muchas décadas, un momento de recogimiento y reflexión y se ha convertido en un día feriado más en un calendario turístico o, en su defecto, en un momento donde el mensaje disolvente y artero que la anti-patria utiliza para instilar veneno en la mente de niños y jóvenes estudiantes.
Esa anti-patria que hace uso de términos como Libertad, Nación, Derechos Humanos, etc., en boca de politicastros y/o de acarminadas organizaciones con beneficio de inventario para sus habituales tropelías.
Rendir homenaje a los precursores de nuestra libertad tiene dos facetas esenciales; la primera, no ensuciar su memoria, como frecuentemente hacen facciosos y felones de la política de la más baja estofa; y la segunda, recordarlos no sólo en la fecha de su nacimiento o fallecimiento, sino por sus actos, que es por lo que se juzga a los hombres.
Decía Napoleón Bonaparte: “En las revoluciones hay dos clases de personas, las que las hacen y las que se aprovechan de ellas”.   
(1)  Ver «Comercio y contrabando en el Río de la Plata y Chile» – Sergio Fernando Villalobos Rivera – EUDEBA – 1963.
Esta entrada fue publicada en Política. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *