ARGENTINA EN LLAMAS

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Parece ser el negocio, de los países centrales, la aceleración de la pandemia (COVID-19) para promover – a través del miedo – la reducción de gastos en la población económicamente pasiva (presuntamente improductiva), y administrar menos grupos sociales problemáticos con mejores recursos económicos.

El COVID-19 es al Grupo Supranacional Dominante, lo que la Inquisición ha sido a la Iglesia, el “cuco” como decía la abuela, o el “hombre de la bolsa” como decía el abuelo; instrumentos de intimidación de masas.
El dominio a través del miedo es más viejo que la injusticia, o por lo menos tienen la misma edad. Cuando se agitan estos fantasmas, con total certidumbre puedo afirmar que algunos pícaros están haciendo buenos negocios.
“De los males que sufrimos
hablan mucho los puebleros,
pero hacen como los teros
para esconder sus niditos:
en un lao pegan los gritos
y en otro tienen los güevos”.

(Martín Fierro – José Hernández)

 

Por si todavía quedan adultos en nuestro planeta que no se han enterado de que la súper población mundial está amenazando a ese Grupo Supranacional Dominante (GSD), es que no quieren verlo.
Decía Miguel de Unamuno y Jugo (1864-1936): «A un pueblo no se le convence sino de aquello de que quiere convencerse».
Nuestro pueblo es uno de los mejores ejemplos de semejante aserción del pensador español; desde 1810 hasta nuestros días, los aventureros y corifeos de la política han ejercido su nefasta influencia a sabiendas de que nuestra sociedad siempre ha sido proclive a una credulidad patética e irritante.
Eso sí, cuando llega el momento en que debe admitir su error, muta vertiginosamente, y mediante sofismas y otros ambages, elude toda responsabilidad, cuestión que va solidariamente acompañada por una severa pérdida de la memoria o amnesia simulada.     
Hace dos décadas escribí sobre este tema – que ya estaba sobre el tapete – pero que ha sido ignorado ex profeso por aquellos que aseguraron que barriendo la basura bajo la alfombra, ésta desaparecía fácil y definitivamente.
No volveré más sobre mis pasos para que la mediocracia doméstica entienda aquello que no desea inteligir, porque le generaría un compromiso con la Patria que nuestra sociedad no ha estado ni está dispuesta a asumir.
Si valen como ejemplos, podemos citar a nuestras FF.AA., las cuales tradicionalmente hacen el Juramento de fidelidad a la Bandera Nacional que reza así:
¿Juráis a la Patria, seguir constantemente su Bandera y defenderla hasta perder la vida?
Interrogante a la que jóvenes idealistas, la mayoría de los cuales – con el paso del tiempo – se convertirán en infames y tránsfugas, responden a voz en cuello: ¡SÍ JURO! Obviamente con una garantía verbal que se extingue una vez finalizado el simulacro en el día del paso a la inmortalidad del creador de nuestra enseña patria, Dr. Manuel Belgrano.
Podemos decir lo mismo del inveterado Juramento Hipocrático de los profesionales de la Salud, que en la actualidad dice así:
“El acto de juramento que vais a realizar y mediante el cual se os admite como miembros de la profesión médica, constituye una invocación a Dios, o a aquello que cada cual considere como más alto y sagrado en su fuero moral, como testimonio del compromiso que contraéis para siempre; en el momento de ser admitidos entre los miembros de la profesión médica, os comprometéis solemnemente a consagrar vuestra vida al servicio de la humanidad; ¿Y juráis conservar el respeto y el reconocimiento a que son acreedores vuestros maestros; desempeñar vuestro arte con conciencia y dignidad; hacer de la salud y de la vida de vuestro enfermo la primera de vuestras preocupaciones; respetar el secreto de quien se os haya confiado a vuestro cuidado; mantener en la máxima medida de vuestros medios el honor y las nobles tradiciones de la profesión médica; considerar a los colegas como hermanos (socios); no permitir jamás, que entre el deber y el enfermo se interpongan consideraciones de religión, de nacionalidad, de raza, de partido o de clase; tener absoluto respeto por la vida humana desde el instante de su concepción, no utilizar, ni aun bajo amenazas, los conocimientos médicos contra las leyes de la humanidad?
Pregunta a la que otros tantos idealistas que luego se envilecerán en el comercio en que han convertido a la salud pública y privada, responderán ¡SÍ, JURO!
También tenemos a los docentes, que de acuerdo a la Ley 14473 (Estatuto del Docente): “Art. 5º – Son deberes del personal docente, sin perjuicio de los que establezcan las leyes y decretos generales para el personal civil de la Nación:
  1. a) Desempeñar digna, eficaz y lealmente las funciones inherentes a su cargo;
  2. b) Educar a los alumnos en los principios democráticos y en la forma de gobierno instituida en nuestra Constitución Nacional y en las leyes dictadas en su consecuencia, con absoluta prescindencia partidista;
  3. c) Respetar la jurisdicción técnica, administrativa y disciplinaria, así como la vía jerárquica;
  4. d) Observar una conducta acorde con la función educativa y no desempeñar actividad que afecte la dignidad del docente;
  5. e) Ampliar su cultura y propender al perfeccionamiento de su capacidad pedagógica;
  6. f) (…)”
Es evidente que hacer la vista gorda ante el incumplimiento de los deberes establecidos en el Estatuto del Docente, en la Constitución Nacional y en las Leyes dictadas en su consecuencia, por la actitud cuasi demagógica y/o connivente de los gobiernos (nacional, provinciales y municipales), permiten una verdadera anarquía que termina en una corrupción de los valores que en general inculca la familia en niños y adolescentes.
Otro grueso y fatal error es la confusión de roles, LA FAMILIA EDUCA, LA ESCUELA INSTRUYE, pero en las últimas décadas este sagrado deber familiar ha sido cedido graciosamente a las instituciones del Estado y ya percibimos las consecuencias.
La tergiversación de roles y la adulteración sistemática de la feble escala de valores que observamos en nuestro país, donde cualquier moda o tendencia rápidamente promueve cambios radicales en las conductas sociales, hace que seamos fáciles presas de cualquier manipulación, especialmente de la que ejecuta la prensa amarillista y mercenaria de todo estipendio, a través de sus operadores asalariados del poder.
Esos mismos que fabrican estereotipos de todo orden y los imponen como figuras destacadas de decenas de actividades públicas y privadas que son idealizadas en los medios y los beneficiarios luego no tienen más que desarrollar el autobombo para sostenerse en la cresta de la ola; todo ello instrumentado por el proxenetismo mediático en boga.     
Decía Gustave Flaubert (1821-1880): «A los ídolos no hay que tocarlos: se queda el dorado en las manos». Los mentados «valores» y «dublé» (1) al decir del gran Enrique Santos Discépolo en su memorable tango <Cambalache>.
Nuestra sociedad no es perfecta ni mucho menos, y pretender que enarbole una escala de valores básicos reales y la sostenga en el tiempo es como escuchar a algún político o sindicalista hablar de su honestidad.
Pero déjenme sugerirles – como último mensaje – que busquen y lean la trascendente y aleccionadora «fábula de los trogloditas», desarrollada por el pensador francés Montesquieu en su obra “Cartas Persas” (1721) [Cartas XI, XII, XIII y XIV).
Sin dudas, los argentinos nos conducimos como auténticos trogloditas, creemos tener un comportamiento cívico adecuado porque sufragamos cada bienio; llenamos nuestra boca con la palabra «democracia», sólo teórica que rara vez llevamos a la práctica; sabemos qué es la corrupción pero nuestro doble estándar hace que por un lado la condenemos (pour la galerie) y por otro la favorezcamos según las propias necesidades, convirtiéndonos – cuanto menos – en verdaderos amorales; debatimos nuestro presente social a través de seudo representantes mesiánicos y fatalistas; delegamos nuestros derechos fundamentales en instituciones y corporaciones prebendarias y luego somos incapaces de ejercer un control sobre los evidentes excesos cometidos; usamos la escarapela y – rara vez – colocamos la Bandera Argentina en los frentes de nuestras viviendas para las festividades tradicionales, y no tenemos el menor interés en saber de la existencia de nuestros compatriotas que habitan en los 3 millones de km2 que abarca la Argentina; nos jactamos de nuestra hipotética solidaridad mientras no debamos sacrificar más de lo que estamos dispuestos a dar, con lo cual nos comportamos como auténticos insolidarios; en fin, es poco satisfactorio llegar a la vejez y comprobar que la Patria que algunos soñamos, pretendiendo emular a nuestros padres fundadores, aun con aciertos y errores, es poco menos que irrealizable.
Los países son expresiones geográficas y los Estados son formas de equilibrio político. Una Patria es mucho más y es otra cosa: sincronismo de espíritus y de corazones, temple uniforme para el esfuerzo y homogénea disposición para el sacrificio, simultaneidad en la aspiración de la grandeza, en el pudor de la humillación y en el deseo de la gloria. Cuando falta esa comunidad de esperanzas, no hay Patria, no puede haberla: hay que tener ensueños comunes, anhelar juntos grandes cosas y sentirse decididos a realizarlas, con la seguridad de que al marchar todos en pos de un ideal, ninguno se quedará en mitad del camino contando sus talegas. La Patria está implícita en la solidaridad sentimental de una raza y no en la confabulación de los politicastros que medran a su sombra… La patria tiene intermitencias: su unidad moral desaparece en ciertas épocas de rebajamiento, cuando se eclipsa todo afán de cultura y se enseñorean viles apetitos de mando y de enriquecimiento. Y el remedio contra esa crisis de chatura no está en el fetichismo del pasado, sino en la siembra del porvenir, concurriendo a crear un nuevo ambiente moral propicio a toda culminación de la virtud, del ingenio y del carácter… Mientras un país no es Patria, sus habitantes no constituyen una nación… Cuando las miserias morales asolan a un país, culpa es de todos los que por falta de cultura y de ideal no han sabido amarlo como Patria: de todos los que vivieron de ella sin trabajar para ella”. (José Ingenieros)
Por enésima vez quiero parafrasear al gran Albert Einstein cuando expresaba: «Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo».
(1) dublé (fr. Doublé.) Imitación de una alhaja fina, oro falso, metal dorado.
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