LA GRIETA SOCIO-POLÍTICA NACIONAL

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La «grieta», esta palabrita que ha sido puesta en boga por parte del periodismo amarillista y mercenario de todo estipendio, incrementando con más simbolismos la terminología de la insolvente verborrea política, significa – etimológicamente – lo siguiente: «1564. Del antiguo CRIETA, h.300, y éste del latín, v.g. CRĔPTA, contracción de CRĔPĬTA, que es el participio de CREPARE, <crepitar>, <reventar> <quebrar>».

En realidad, la exacta palabra – para la cuestión social – es <quebranto>, ya que no es algo devenido de un accidente natural sino de una acción premeditada generada por personas que necesitan de este <quebranto> para debilitar a la comunidad y someter a los componentes sociales una vez disgregados del todo.
Esta ha sido una acción política cuasi permanente en nuestra nación, desde la época pre-virreinal en adelante. Los maestros universales en este arte han sido sin dudas los británicos; práctica extendida durante siglos a todas sus colonias, insulares y de ultramar.
Sus hijos dilectos en el cono sur, sobremanera en la Argentina, han sido los dirigentes probritánicos que desde la época de nuestra guerra por la Independencia de España, buscaron quebrantar a la sociedad nacional en forma casi irreconciliable.
No fue casual que uno de los máximos poetas argentinos, el gran José Hernández, en su obra cumbre “El gaucho Martín Fierro” expresara: “Los hermanos sean unidos/ porque esa es la ley primera/tengan unión verdadera/en cualquier tiempo que sea/ pues si entre ellos pelean/los devoran los de afuera”.
El factor geográfico ha tenido su vital importancia y sin lugar a dudas que Buenos Aires ha sido, desde la dominación española, el imán que ha cooptado regularmente las voluntades de enormes cantidades de pobladores del resto del país, porque era el asiento de las autoridades y el centro comercial monopólico.
Esto no ha cambiado significativamente en estos más de dos siglos transcurridos desde habernos constituido en una nación independiente (¿?). El 99% de lo que se importa/exporta, pasa por la CABA, y en el camino derrama suficiente dinero como para justificar su sustento hegemónico.
En sendas oportunidades hubo algunas actitudes voluntaristas y/o electoralistas – no más que eso – de cambiar el asiento de las autoridades nacionales, a lugares como San Luis, Córdoba, Santa Fe o Río Negro, pero no pasaron de ser anuncios efectistas y rimbombantes carentes de fundamentación.
Esto también ha contribuido grandemente a agudizar la fractura social, estableciéndose distintos estratos ciudadanos, a saber: de primera categoría, habitantes de la CABA; de segunda categoría habitantes del conurbano bonaerense; de tercera categoría habitantes de grandes ciudades como Córdoba, Rosario, Tucumán y Mendoza; de cuarta categoría en otras ciudades capitales provinciales, Paraná, Corrientes, Posadas, etc., y quinta categoría todas aquellas provincias que hasta mediados del siglo XX habían sido Territorios Nacionales, i. e. NEA y Patagonia.
Ni hablar de los pequeños pueblos y caseríos diseminados por la desértica geografía nacional; aquellos de los que en los grandes conglomerados urbanos ni siquiera se conoce de su existencia, raramente resaltada por alguna eventualidad anecdótica.
Muchos argentinos ni están enterados de que gracias a la presencia de esos pueblitos a lo largo de los miles de kilómetros de nuestras fronteras, aún flamea nuestra enseña patria. Hablo de muchos idiotas (sic) que creen que defender la Patria es tararear el Himno y ver a la selección de fútbol formada en un 90% por deportistas que no residen en el país.
Particularmente los hijos de aquellos que miraban por TV el mundial de España en junio de 1982, mientras nuestros soldados morían peleando por nuestra soberanía en el Atlántico Sur; y muy en especial, los militares que se prestaron a recuperar las Islas para que Gran Bretaña ratificara su posesión y dominio político y económico. Algo similar al envite hecho a Irak para invadir Kuwait y así justificar la presencia estadounidense y la explotación de los pozos petroleros sin intromisión de los vecinos kuwaitíes.
Volvamos a la Argentina y a estos tiempos, donde nuestro país se debate en una coyuntura no deseada pero acicateada por intereses supranacionales, con una sociedad fracturada y en la inminencia de una elección presidencial, donde los seis candidatos al sillón de Rivadavia hacen primar sus ambiciones personales de poder por sobre las cuestiones más sensibles que afectan a nuestra sociedad, pretendiendo hacernos creer que traen en su portafolio la solución a los problemas de la Argentina, cuando sabemos que el actual presidente (uno de los seis candidatos) ha sido sometido por su exceso de pusilanimidad a cuatro años de gobierno – tipo emirato árabe – poniendo énfasis en ciertas obras públicas que tampoco cubrieron las expectativas de un mercado laboral profundamente deprimido.
El candidato más votado, i.e. Alberto Fernández, no puede exhibir más que un paso por una Jefatura de Gabinete en una estructura dominada por el matrimonio presidencial; ni siquiera le tocó administrar un club de barrio.
El tercero, el geronte Lavagna, más allá de su impronta económica, tiene escasa idea de lo que significan las políticas de Estado, y basa su campaña en más alquimia financiera, desconociendo cuestiones de fondo que afectan a las economías regionales.
El cuarto candidato, el ex militar Gómez Centurión, no queda muy claro si su presentación es un acto de puro e ingenuo voluntarismo o está ayudando a dividir para debilitar – más aún – al actual gobierno.
El quinto candidato, el locuaz Espert, también economista que cree que todas las soluciones a los problemas nacionales pasan por las finanzas, es otro personajillo que está más para desmedrar al oficialismo que para ganar la contienda.
Y por último, el fracasado Del Caño, hoy referente de todas las elecciones nacionales que aún pretende inducir a los electores a creer que el comunismo liberal doméstico tiene la clave para salvar a los argentinos, y para ello arroja a una bolsa de residuos todas las ideas libertarias desde 1810 a la fecha; un verdadero mamarracho.
Todos estos pillos se arrogan el derecho de hablar en nombre del pueblo, porque lamentablemente este pueblo no tiene voz, aunque tiene voto.
Precisamente la mediocridad en la que está sumida la sociedad nacional, sobre todo la que se amontona en las grandes urbes y hace gala de su fast, empty and incoherent thinking, hace que cualquier aventurero con un poco de labia se lleve puestos a miles de ingenuos que se consideran de alto coeficiente intelectual.
Es de tal torpeza el accionar cívico que vuelven a votar al mismo régimen al que echaron con su voto cuatro años antes; y, lo que es peor, eligiendo a los mismos cleptócratas; esto, a todas luces, no es madurez cívica, es estupidez supina o idiocia.
Es dable esperar que la fractura se siga profundizando y todo continúe contribuyendo a mejorar la performance del poder económico supranacional que a través de la banca mundial y sus subsidiarias (ONU, OEA, OTAN, etc.), dibujan las políticas de sometimiento y expoliación.
Por último, las embrionarias crisis institucionales desatadas en Latinoamérica, no son más que el marco necesario para el desarrollo de nuevas políticas de contrainsurgencia y su secuela de renovados proyectos de viejas ideas.
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