¿POR QUÉ MACRI Y NO FERNÁNDEZ?

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Porque pese a sus errores manifiestos, producto de la inexperiencia exhibida en estos casi cuatro años de gobierno, provocada por su propia vehemencia que no le permitió entender – previamente a su asunción – que gobernar un distrito de 200 km2 y menos de 3 millones de habitantes no le daba plácet para hacerlo fácilmente con un país de 3,8 millones de km2, 45 millones de habitantes, economías regionales diversas como diversas las idiosincrasias en cada zona del país, por decenas de factores geográficos y etnoculturales; con 9768 km de fronteras y 4725 km de costa marina, sin considerar la Antártida Argentina.

Porque mientras al kirchnerismo se le otorgaron tres periodos presidenciales (doce años), al actual gobierno se lo empezó a dinamitar el 11 de diciembre de 2015, i.e. cuando recién asumió, sin mayorías parlamentarias y con una Corte Suprema armada a medida del gobierno predecesor.
Porque si la exitosa abogada y sus principales operadores, en lugar de gestionar agravios e ingobernabilidad -, hubiesen elevado su mirada política y se hubieran comportado como una oposición constructiva, podríamos haber avanzado en un ansiado equilibrio que jamás tuvimos desde 1810 hasta la fecha. La falta de grandeza en la dirigencia política doméstica y su proclividad a irse a los extremos como manida táctica demagógica, la volvió hipoacúsica sino sorda, como se pone todo aquel que se ofusca sobremanera.
Porque la atomización de la oferta político-partidaria no es buena; porque es totalmente falso que abra posibilidades a nuevas ideas, sólo diversifica actitudes ciudadanas tras propuestas obsolescentes y/o utópicas, cuando no mendaces; por ello, la focalización en las dos grandes fuerzas políticas tiene más visos de realidad.
Porque nuestra historia real, nos enseña que desde el momento mismo de la asonada de mayo de 1810, se plantearon dos opciones tras las cuales se encolumnaron nuestros ancestros, en aquel entonces, bregar por ser Patria o continuar siendo colonia; después fueron federales o unitarios; autonomistas o conservadores; radicales o conservadores; peronistas o radicales; y hoy liberales o populistas.
Porque desde 1957 en adelante se fueron licuando los partidos políticos y en un franco desbarajuste llegamos a una época apolítica, donde todo es digitado por exiguas minorías desarrolladoras de ideas articuladas por el poder económico-financiero internacional; porque todo ser humano sabe que hoy la supremacía está determinada por la capacidad económico-financiera que todo lo compra; aun a aquellos que dicen representar a la izquierda obsoleta pero gustan de vivir como acomodados burgueses.
Porque mal que les pese a la cantidad de agrupaciones y grupúsculos que están dando vueltas en el espectro político de nuestro país, naturalmente la concentración de preferencias sigue estando entre dos fuerzas mayoritarias que, aun sufriendo escisiones e incorporaciones, detentan más del 70 % de intención de voto en la Argentina, y en las elecciones de 2015, pese a la prensa amarillista y mercenaria de todo estipendio, ganó la Alianza Cambiemos.
Porque cualitativamente la oferta de candidatos es tan pobre y la demanda social tan escasa y feble, que actualmente cualquier aventurero – con algo de labia – se sube a una tarima y persuade a los diminutos ácaros multiplicadores de utopías mundanas. Es por ello que desde antaño hubo que optar entre promesas de buen futuro, puesto que quienes accedían al poder ya se habían encargado de destrozar a sus predecesores enervando la inestable paz social.
Porque nuestro país requiere de un mínimo compromiso de la ciudadanía sobre la base de reglas claras para todos y una Justicia que realmente haga «JUSTICIA» y no esté fracturada según el color político del oficialismo y la oposición o termine siendo un  compendio de libre interpretación de las leyes por parte del poder judicial.
Porque el actual gobierno decidió encarar una cruzada contra la delincuencia enquistada en la administración del Estado, con todos los riesgos que ello implica. Ejemplos de esto los tenemos en muchos países del orbe y sus consecuencias han sido sumamente graves. 
Porque la situación argentina contrasta con la de nuestro socio más aplomado, Estados Unidos de Norteamérica, básicamente porque desde hace doscientos treinta años, los presidentes estadounidenses gobiernan bajo un ideal supremo y por encima de los simples mortales, sustentado por la Constitución, la Doctrina del «Destino Manifiesto» y la «Doctrina Monroe»;  mientras que en la Argentina, nuestros presidentes desde hace ciento sesenta y siete años ajustan la idea de Patria a sus fantasías mesiánicas y exégesis personales de la realidad, y terminan burlándose de la Constitución Nacional haciendo letra muerta sus principios fundamentales. Este gobierno hizo algunos intentos de encuadrarse bajo la Ley madre, no sin inextricables resistencias propias y ajenas.
Porque el principal candidato opositor, pese a los votos presuntamente obtenidos en las inexplicables PASO del 11 de agosto ppdo., políticamente se auto invalidó al aceptar integrar una fórmula con quien había fustigado y denostado por su desapego a la moral y gruesos errores procedimentales.
Porque es notoria la influencia que su partenaire ejerce en importantes círculos de la Justicia, al seguir detentando un serio ascendiente sobre algunos miembros de la CSJN y varios jueces federales y fiscales que otrora fueron adictos al régimen K. Esto está claro en la ralentización de causas que empezaron a ser investigadas hace más de una década y que aún no llegan a juicio.
Porque hoy, la ciudadanía en general tiene a la mano una herramienta maravillosa como lo es Internet, – la mayoría sólo la utiliza con fines triviales, fundamentalmente las anodinas redes sociales – y puede recurrir a ella para consultar cientos de miles de documentos que detallan a groso modo nuestra historia reciente y que impiden lo que el régimen depuesto en noviembre de 2015 siga ocultando bajo la alfombra.
Podría seguir enumerando «porque», pero supongo que cada lector tendrá el suyo para agregar a la lista.
De lo que sí estoy absolutamente persuadido es de que no tomar partido en estas circunstancias es poco menos que criminal. La Argentina no se destruirá por una elección o un desgobierno más, lo que sí se provocará es una ampliación de la mora que los viejos tenemos con las generaciones jóvenes y futuras para dejarles un Estado medianamente ordenado que permita a los ciudadanos planificar sin incertidumbres.
La sed de revancha que pone en cada palabra y en cada gesto de los opositores contra el actual oficialismo no auguran un futuro promisorio, sino más bien una exacerbación de las disputas, esencialmente en los sectores más postergados de la sociedad.  
Decía el pensador, politólogo y diplomático italiano Nicolás Maquiavelo:
«Asimismo se estima al príncipe capaz de ser amigo o enemigo franco, es decir, al que, sin temores de ninguna índole, sabe declararse abiertamente en favor de uno y en contra de otro. El abrazar un partido es siempre más conveniente que el permanecer neutral. Porque si dos vecinos poderosos se declaran la guerra, el príncipe puede encontrarse en uno de esos casos: que, por ser adversarios fuertes, tenga que temer a cualquier cosa de los dos que gane la guerra, o que no; en uno o en otro caso siempre le será más útil decidirse por una de las partes y hacer la guerra. Pues, en el primer caso, si no se define, será presa del vencedor, con placer y satisfacción del vencido; y no hallará compasión en aquél ni asilo en éste, porque el que vence no quiere amigos sospechosos y que no le ayuden en la adversidad, y el que pierde no puede ofrecer ayuda a quien no quiso empuñar las armas y arriesgarse en su favor». (1)
Nos ayuda con el concepto precedente, las palabras del escritor indo-británico George Orwell: «Cuando se piensa en la crueldad, miseria e inutilidad de la guerra – y en este caso concreto, en las intrigas, las persecuciones, las mentiras y los malentendidos – siempre es una tentación decir: <Los dos bandos son igual de malos; me declaro neutral>. En la práctica, sin embargo, no se puede ser neutral, y difícilmente se encontrará una guerra en la que carezca de importancia quién resulte vencedor, pues un bando casi siempre tiende a apostar por el progreso, mientras que el otro es más o menos reaccionario(2)
Sin dudas que la neutralidad es una exteriorización de inseguridad personal o social; hasta un acto de debilidad la indiferencia al tener que tomar importantes decisiones.
Decía Ribot: «Indiferentes son los que viven sin que se advierta su existencia. La sociedad piensa y quiere por ellos. No tienen voz sino eco. No hay líneas definidas ni en su propia sombra, que es apenas una penumbra» (3)
Hasta el mismo Gramsci expresaba: «Creo que <vivir significa tomar partido>. No pueden existir quienes sean solamente hombres, extraños a la ciudad. Quien realmente vive no puede no ser ciudadano, no tomar partido. La indiferencia es apatía, es parasitismo, es cobardía, no es vida.» (4)
Los neutrales, como dice José Ingenieros: «Cruzan el mundo a hurtadillas, temerosos de que alguien pueda reprocharles esa osadía de existir en vano, como contrabandistas de la vida.» (5)
Después de más de doscientos años como pretendida nación independiente, continúa el debate intestino sobre a quién debemos parecernos, si a las hipotéticas líbero-democracias occidentales o a los obsoletos socialismos devastados y agotados por sus propios procesos endogámicos. Es evidente que la mayoría de los argentinos – pese al tiempo transcurrido – no dejan de pensar como colonos.
Parangonando a la Argentina con el concepto del pensador danés: «Imagínese una casa en cada uno de cuyos pisos – subsuelo, planta baja, primer piso – se alojaran distintas clases de habitantes y que entonces se comparara la vida en esa casa: en tal oportunidad veríase preferir todavía – tristeza ridícula – a la mayoría de las gentes el subsuelo en esa casa propia. Todos somos una síntesis con destino espiritual; es a nuestra estructura; ¿pero quién no quiere habitar el subsuelo, las categorías de lo sensual? El hombre no sólo gusta vivir allí de la mejor manera posible; gusta de ello a tal punto, que se enoja cuando se le propone el primer piso, el piso de los amos, siempre vacío y que le aguarda, pues después de todo la casa entera es suya(6)
Nos han inducido permanentemente a pensar que lo foráneo tiene más valor que lo propio; quién no recuerda el latiguillo ¡es bueno; es importado!; desde un juguete o un electrodoméstico, hasta el papel moneda que nos agobia. A ello es bueno responder con un pensamiento de Nietzsche que dice: «Existe una inocencia de la admiración: la tiene aquel a quien todavía no se le ha ocurrido que también él podría ser admirado alguna vez(7)
Por último, quiero reiterar una frase del dramaturgo alemán Bertolt Brecht, que es enriquecedora para modificar nuestra actitud en el momento que vive nuestra Patria: «El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el coste de la vida, el precio de las alubias, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales«
“La oscuridad nos envuelve a todos, pero mientras el sabio tropieza con alguna pared, el ignorante permanece tranquilo en el centro de la estancia” – (Anatole France – 1844/1924).
(1) “El Príncipe” – Nicolás Maquiavelo – 1469-1527
(2) “Recuerdos de la guerra civil española” – George Orwell – 1903-1950
(3) Théodule Armand-Ribot – Filósofo francés -1839-1916
(4) “Odio a los indiferentes” – Antonio Gramsci – 1891-1937
(5) “El hombre mediocre” – José Ingenieros – 1877-1925
(6) “Tratado de la desesperación” – Sören Aabye Kierkegaard – 1813-1855
(7) “Más allá del bien y del mal” – Friedrich W. Nietzsche – 1864-1900
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