UTOPÍAS ARGENTINAS Y MENTIRAS CRIOLLAS

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Hace falta poner en funcionamiento lo mejor de nuestra imaginación para, tan sólo, intentar creer algo del execrable discurso de la corporación política que pugna por no ceder espacio de poder alguno o acceder a alguno de mayor prebenda.
Sin lugar a dudas que la sociedad está tan ensimismada y agobiada en y por la problemática cotidiana que sólo atina a satisfacer sus dudas primarias sobre el devenir sociopolítico local escuchando o leyendo ligeramente, la ostensible prédica de los gacetilleros/operadores en los medios amarillistas y mercenarios de todo estipendio generadores de opinión.

Desde ya, una opinión basada en manidos tópicos, que no por obsoletos han perdido su tósigo a la hora de dinamitar a las instituciones de la república bajo el simulacro de atacar a los burócratas que ejercen sus funciones en las mismas.
Como agregara oportunamente Thomas Carlyle, al concepto de Edmund Burke, sobre que en el Parlamento había tres poderes, decía el primero «pero en la Tribuna de los Periodistas había un Cuarto Poder más importante que aquéllos, no siendo esto figura retórica ni chiste, sino hecho cierto, oportuno en nuestros días». (El culto de los héroes – T. Carlyle – 1841)
Es, entre otros, el filósofo y sociólogo francés Pierre Bourdieu, quien en una conferencia dictada en Arras (Francia) en 1972, bajo el título «La opinión pública no existe», demostró que efectivamente la denominada «opinión pública» es la imposición de ideas y conceptos a través de la prensa connivente con las encuestadoras y los intereses políticos/financieros predominantes.
La utilización del método inductivo, es decir, aquel que partiendo de una situación particular forzadamente necesita arribar a una conclusión general, abjurando de la experiencia, ha sido tan utilizado por el periodismo en el último siglo, que hoy los medios de prensa se arrogan la función de cogobernar, colegislar, juzgar y condenar por encima de las instituciones de la Constitución y de las leyes.
Esto genera un permanente estado deliberativo que desvirtúa la potestad legal y legítima de los organismos del Estado, creando una especie de gobierno paralelo con la enorme ventaja que representa el manejo de la difusión masiva en detrimento de los comparativamente muy escasos recursos difusivos de propagación con que cuentan los poderes de la república.
Dicho lo cual, la ciudadanía argentina es «cautivada» por los medios de moda y sometida a través del repiqueteo de informaciones constituidas por verdades a medias y juicios apriorísticos editorializados, ocultando o pretendiendo ocultar sus intencionalidades detrás de la fingida libertad de prensa.
El mercenarismo impuesto por la cuota de mercado y los accionistas de los multimedios vigentes, termina elevándolos a la categoría de poder supra nacional por encima de las instituciones del Estado.
Lo que en síntesis hace la prensa, es desarrollar el relato que, como decía Hegel, «Se trata de una distinta manera para lograr un presente en la historia, poniendo ocurrencias subjetivas en lugar de los datos históricos, ocurrencias que se consideran tanto más acertadas  cuanto más audaces son, es decir, cuando más débiles son en sus fundamentos y cuanto más contradicen a lo decisivo de la historia». (Filosofía de la Historia – Georg Hegel – 1841)   
La esperanza es la que, en general, sostiene espiritualmente al ciudadano. No olvidemos que la palabra misma proviene del término «esperar», i.e. hallarse expectante de que se concrete algo necesario, algo ansiado, algo que llene algún vacío personal. Ese estar expectante sin certidumbres asequibles provoca lo que se denomina desesperación y posiblemente estados de angustia.
Hemos llegado a una situación de incredulidad tal que asirse a la más mínima esperanza es como un bálsamo que actúa fugazmente sobre nuestra conciencia que nos alienta a creer momentáneamente en un futuro mejor, aunque esa hipótesis deba ser permanentemente abonada.
Mienten el político, el periodista, el sindicalista, el docente, el religioso, el empresario, el militar, el policía, el legislador, el juez, el presidente, el ministro, el funcionario en general, etc., etc., y las opciones de nutrir la menor esperanza se van disipando; y de tanta falacia que lacera nuestros mejores sentimientos, terminamos por creer esas mentiras casi obligadamente para no seguir sintiéndonos decepcionados.
Y son fundamentalmente los medios de prensa los que nos agitan dentro de esa esfera de mentiras sin salida y con fuerza centrípeta, degradándonos como seres humanos pensantes y sensibles, al punto de reducirnos a simples siervos de sus proclamas.
Lo más grave es que tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe, i.e., terminamos por descreer hasta de nuestro entorno más íntimo, la propia familia.
En el mientras tanto, como dice Larralde en su milonga «Cuando la vida me nombra»:
…siempre hay quien prefiere hacerse
ande otro quiere sentarse
hay gente pa’ todo caso
y hay caso pa’ toda gente…
y con esto lucran, y con creces, – todos aquellos que nombré más arriba -, quienes juegan con una compulsión ludópata con los sentimientos y las necesidades más esenciales de la sociedad.
Estas abyectas corporaciones no muestran en sus personeros la más mínima consideración, aunque su discurso suene a panacea y acabe siendo un placebo que sólo prolonga alguna agonía con placer morboso.
Reconstruir la credibilidad en estos belitres corporativos ya no es una cuestión simplemente voluntarista, la habitualidad a que nos ha llevado el ejercicio de usos y costumbres contrarios a los más elementales principios de saludable relación social, requerirá de varias generaciones; eso sí, habrá que comenzar en algún momento a repudiar los vicios, no sólo desde la razón sino también desde el buen criterio, que no es el sentido común que nos ha herido de muerte durante tantas décadas.
La comunicación entre los humanos es fundamental para todo menester, pero precisamente las distancias y aislamientos que estas producen entre los miembros de una misma sociedad, han privilegiado a los medios de comunicación con el dominio de la información, lo cual los ha colocado en óptimas condiciones para manipular la denominada «opinión pública».
Es por ello que la ciudadanía debe ser muy crítica con los medios que consulta a la hora de informarse sobre cualquier situación que requiera de un accionar relevante. No se trata del análisis del resultado de un encuentro deportivo, que suele eclipsar cuestiones sociopolíticas de gran importancia; sino de brindarle a cada tema una mirada analítica y criteriosa.
Recuerdo las palabras del dramaturgo alemán Bertolt Brecht, cuando expresó: «El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio de las alubias, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales». 
No son los políticos los que hacen a la prensa, es ésta la que hace y deshace a los políticos, legisladores, empresarios, sindicalistas, religiosos, etc., por lo tanto éstos anidan y subyacen bajo sus escritorios, radios y canales de televisión, porque es desde esos lugares rentables desde donde son catapultados a la fama.
La prueba más evidente es la presencia en imágenes en la primera plana de los principales pasquines del país, de las meretrices en boga (a través del proxenetismo mediático), junto a la foto del Papa Bergonzoglio, del Pastor Mauricio, de la exitosa abogada CFK, de los delincuentes que quieren volver como Cartuchito y Polvorita Fernández, el judas tigrense, el alquimista Lavagna y su hijo de probeta y los devenidos en arrepentidos ante el Señor de los juzgados, etc.; en el mismo lodo todos revolcaos.
Hoy más que nunca la sociedad debe estar no solamente alerta ante el reiterado cuento del tío, sino también frente a la información que recibe, que no demandará demasiado tiempo en chequear para darle la importancia que merece y no dejarse enroscar por la troupe de gacetilleros que operan como mesnaderos de los grupos concentrados de medios de comunicación.
La cuestión de votar eligiendo es sólo una parte de nuestra obligación ciudadana; la otra está en no seguir cediendo lo que por derecho privado nos corresponde. El Estado nos ha invadido y le hemos permitido que decida cuestiones que son del ámbito personal y familiar.
Dice el Art. 19 de la Constitución Nacional «Las acciones privadas de los hombres que de ningún modo ofendan al orden y a la moral pública, ni perjudiquen a un tercero, están sólo reservadas a Dios, y exentas de la autoridad de los magistrados. Ningún habitante de la Nación será obligado a hacer lo que no manda la ley, ni privado de lo que ella no prohíbe». 
Y el Art. 16, que expresa: «La Nación Argentina no admite prerrogativas de sangre, ni de nacimiento: no hay en ella fueros personales ni títulos de nobleza. Todos sus habitantes son iguales ante la ley, y admisibles en los empleos sin otra condición que la idoneidad».
La donación de órganos, la educación sexual, el secreto bancario, entre otras cuestiones de gran importancia, son privativas de cada ciudadano y no deben ser avasalladas por un gobierno demagógico y electoralista que sólo pugna por mantenerse en el poder.
La ignorancia social en las cuestiones fundamentales que hacen a la calidad de ciudadanos soberanos de nuestra identidad nacional, nos lleva a renunciar a nuestros derechos en favor de grupúsculos que acaban digitando nuestras vidas.
Decía José Ingenieros: «Para concebir una perfección se requiere cierto nivel ético y es indispensable alguna educación intelectual. Sin ellos pueden tenerse fanatismos y supersticiones; ideales, jamás.
Los que viven debajo de ese nivel y no adquieren esa educación permanecen sujetos a dogmas que otros les imponen, esclavos de fórmulas paralizadas por la herrumbre del tiempo».
Es importante decidir si se quiere seguir siendo el ingenuo garante de las aventuras de las corporaciones que pugnan por el poder en nuestro país, o se empieza a expresar públicamente y con un buen criterio la opinión propia que se necesita para no caer en la trampa del sentido común.
«Todas las naciones han atravesado jornadas en que aspiró a mandar sobre ellas quien no debía mandar; pero un fuerte instinto les hizo concentrar al punto sus energías y expeler aquella irregular pretensión de mando. Rechazaron la irregularidad transitoria y reconstituyeron así su moral pública. Pero el <argentino> ha hecho lo contrario: en vez de oponerse a ser imperado por quien su íntima conciencia rechazaba, ha preferido falsificar todo el resto de su ser para acomodarlo a aquel fraude inicial». (La rebelión de las masas – José Ortega y Gasset)
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