EL RADICALISMO RECLAMA PROTAGONISMO

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Leer tales titulares en la prensa amarillista y mercenaria de todo estipendio, y en un año electoral como éste, provoca cuanto menos hilaridad y hasta, por qué no, algo de cólera.
Los que hemos vivido unas cuantas décadas y hemos tenido el decoro de haber abrevado en la auténtica historia argentina, sabemos qué son los radicales argentinos, ideológica y moralmente hablando.

Surgidos como un grupo sedicioso allá por fines de 1889, ya se perfilaban – antes de constituirse en un partido político – como una facción infamante de las instituciones de la república;  jamás – pese a haber sido gobierno en varias oportunidades – dejaron de ejercer su insidiosa oposición al oficialismo – aún de su propio signo -, lo cual los convirtió – en el transcurso de las décadas – en viles “oposicionistas” y avezados  “golpistas”.
Desde el comienzo se consideraron política y moralmente como una especie de antítesis del conservadurismo entronizado por la vieja tradición unitaria que dominó el espacio político después de Caseros (1852).
Las coincidencias en el ideario de sus principales dirigentes con las secuelas de la idiosincrasia federalista – aversiva a la tradición europeizante de los conservadores -, y acicateados por la repercusión de la difusión del Manifiesto Comunista de 1848 y su influencia en los sectores más vulnerables de la sociedad internacional, incluida la argentina, le granjearon una empatía con estratos sociales marginales.   
Tras de sus propuestas reivindicatorias se encolumnaron militantes de otras expresiones políticas de menor cuantía, como comunistas y anarquistas, cuya masa era exigua, pero por tratarse en su mayoría de extranjeros que veían la oportunidad de integrarse a una estructura política doméstica con mejores opciones de reclamo de derechos, aceptaban en general sus planteos.
Los cambios que se habían empezado a producir en el viejo continente a mediados del siglo 19, con profusos intentos revolucionarios contra las monarquías dominantes y la aparición de nuevos Estados, estaban generando cierto escozor en la nueva corriente de pensadores criollos.
Los jóvenes agitadores, inicialmente promovieron sendos intentos de golpes de Estado; en 1890 (Revolución del Parque) la que provocó la renuncia del entonces Presidente Dr. Miguel Ángel Juárez Celman (conservador-PAN) siendo reemplazado por el Vicepresidente Dr. Carlos Pellegrini;  en 1893 (en las provincias de Buenos Aires y en Santa Fe) con el fin de derrocar al Presidente Dr. Luis Sáenz Peña (conservador-PAN), quien finalmente presentó su renuncia en 1895 siendo reemplazado por el Vicepresidente Dr. José Félix Evaristo Uriburu; y en 1905, con el objeto de destituir al entonces Presidente Dr. Manuel Quintana (conservador-PAN) el cual fallece – de muerte natural – en 1906, siendo reemplazado hasta el final del mandato por su Vicepresidente el Dr. José Figueroa Alcorta.
Cabe destacar que el proceso golpista radical del 4 de febrero de 1905, coincidió con un alzamiento cívico-militar similar en Rusia en contra del Zar Nicolás II, el 22 de enero de 1905, el cual facilitaría doce años después, merced a la divulgación del marxismo entre los golpistas rusos, el derrocamiento del Zar, coronando el proceso con el magnicidio de toda la familia Romanov, al peor estilo revolucionario francés.
Por aquellos tiempos y pese a los escasos años transcurridos desde su aparición en sociedad, ya se habían producido en el radicalismo varias fracturas intestinas, no sólo por las ambiciones personales de algunos de sus dirigentes sino también por la falta de sustento ideológico y organizacional, lo que los hacía impredecibles y, por ende, peligrosos.
Su naturaleza sediciosa y su permanente acción corrosiva sobre burócratas e instituciones de la república en manos de quienes no eran aceptados por esta facción política, pareció menguar cuando en 1916 accede a la Presidencia por primera vez un radical, el Dr. Hipólito Yrigoyen, en elecciones realizadas bajo el imperio de la Ley 8871, sancionada durante el gobierno de Roque Sáenz Peña en 1912.
A partir de allí llegaron al sillón de Rivadavia los siguientes radicales:
Marcelo Torcuato de Alvear (1922/28);
Hipólito Yrigoyen (2da presidencia – 1928/30): derrocado el 6/09/1930 por los radicales antipersonalistas en connivencia con los conservadores y la cúpula militar;
Roberto Marcelino Ortiz (1938/42) – Pide Licencia en el cargo por graves problemas de salud el 03/07/1940, siendo reemplazado por el Vicepresidente Ramón S. Castillo <conservador>, hasta el golpe de Estado militar del 4 de junio de 1943 que termina con la denominada Década Infame);
Arturo Frondizi (1958/62) – derrocado por golpe cívico-militar el 29/03/1962, siendo reemplazado por el Senador José María Guido ante la acefalía de la vicepresidencia por renuncia del titular Alejandro Gómez el 18/11/1958 – i.e. seis meses y medio desde su asunción;
José María Guido (1962/63) – Senador Nacional a cargo provisionalmente del PEN hasta el final del mandato;
Arturo Umberto Illia (1963/66) derrocado por golpe cívico-militar el 26/07/1966;
Raúl Ricardo Alfonsín (1983/89) abandonó el gobierno el 08/07/1989 – cinco meses antes de terminar su mandato, fecha en que asumió el presidente electo Carlos Menem;​
Fernando de la Rúa (1999/2001) – renunció por su evidente incapacidad para gobernar; sin vicepresidente desde el 06/10/2000 por renuncia de Carlos Álvarez a raíz de los casos de soborno en el Senado de la Nación (conocidos como la BANELCO).
Dice el Evangelio según San Mateo; Cap. 26 Vers.52 “Entonces Jesús le dijo (a quién cuidaba de Él y lo había defendido de quienes querían detenerlo): Vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que tomen espada, a espada perecerán.”, o como expresaba el antiguo Código de Hammurabi: “200 § – Si un hombre le arranca un diente a otro hombre de igual rango, que le arranquen un diente”; y como se podrá apreciar a través de la cronología radical, los únicos que – a duras penas – finalizaron sus mandatos presidenciales fueron D. Hipólito Yrigoyen (1916/22) y Marcelo T. de Alvear (1922/28);  ni siquiera el egotista ¿padre de la democracia moderna? pudo cumplir su mandato completo, aunque por su propia decisión.
Pero además de los constantes tumultos políticos que produjeron lobistas y fragoteros radicales, desde 1890 en adelante, hay que considerar que Hipólito Yrigoyen, durante su primera presidencia no las tuvo todas consigo.
A Don Hipólito, como decía mi abuelo, le tocó bailar con la más fea, pero con mucha fe y hasta cierto exceso de confianza en sus propios correligionarios se lanzó a la aventura de gobernar en absoluta minoría; no sólo tenía a once de las catorce provincias con gobiernos opositores, sino que además la UCR estaba en ínfima minoría en ambas cámaras del Congreso de la Nación. 
Pese a las importantes medidas respecto a cuestiones capitales para un mejor ejercicio de la soberanía nacional, más temprano que tarde los conservadores, aliados a los radicales antipersonalistas y en franca connivencia con la cúpula de las FF.AA. de neta cepa tradicionalista, le empezaron a pasar factura.
La piedra en el zapato terminó siendo la FORA (Federación Obrera Regional Argentina), fundada en 1901 y dominada por los anarcosindicalistas que, espoleada sutilmente por la oposición a Yrigoyen, le produjo gravísimos conflictos como los de la Semana Trágica en Buenos Aires y las huelgas en Santa Cruz exacerbadas por nuestros hermanos trasandinos..
A no dudarlo que el conservadurismo utilizó con sagacidad los trágicos acontecimientos para debilitar la figura de Yrigoyen y, especialmente, ir contra el acendrado personalismo del caudillo radical que no era bien visto por Marcelo T. de Alvear y sus acólitos fragoteros.
Balanceado el plan canje entre radicales antipersonalistas y conservadores, Don Marcelo de Alvear pasa su mandato sin zozobras.
Pero una nueva victoria de Yrigoyen en 1928 implicaba un riesgo que la casta dominante no estaba dispuesta a correr. Crisis financiera mundial de 1929, debacle económica y fragote en puerta, el 6 de septiembre de 1930 es derrocado.
De allí en adelante ningún gobierno radical terminó su mandato constitucional; la oposición política y su misma incapacidad para gestionar fueron el propio germen que diezmó esta seudo organización que tuvo muchas fracturas y divisiones irreconciliables entre sus propios dirigentes. 
Hoy está a la vista que adolecen de las mismas dificultades centenarias que los condujeron a una crisis partidaria irreversible. Mientras un sector hace lobby con el actual gobierno nacional, otro fragotea de la mano de Alfonsín Junior y sus socios massistas, un tercero solivianta desde Mendoza y Córdoba reclamando protagonismo en el año electoral, cuando se borraron alevosamente los tres años anteriores no asumiendo el riesgo institucional siendo miembros de la alianza de gobierno.
El radicalismo, en estos ciento treinta años de historia política, ha demostrado que su presunto extremismo ha sido «de boquilla» y su moral «de cafetín», ni siquiera de cátedra.
Y lo más repugnante, es que en definitiva demostró que su presunta ideología era sólo cháchara politiquera cuando se incorporó en 1996 a la Internacional Socialista; de la cual habrían sido separados por haberse aliado a un partido de “derecha” (¿?).
No olvidar que en 1955 fue parte del golpe cívico-militar que derrocó al gobierno constitucional de Juan D. Perón y luego de la Junta Consultiva instalada por los sediciosos; y en 1976 del golpe cívico-militar que depuso a la Presidente constitucional María Estela Martínez de Perón, dando inicio a una de las etapas más cruentas de la historia argentina.
La UCR desde su nacimiento hasta el día de hoy, ha sido un auténtico uróboros.
“Es tan difícil verse a uno mismo como mirar para atrás sin volverse”. (Henry David Thoreau – 1817-1862).
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