PROBLEMAS DE COMUNICACIÓN

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En nuestro país, más allá de algunos modismos regionales y de algunas lenguas que aún son usadas por exiguas minorías étnicas, todos hablamos en «argentino».
Decir que hablamos en «castellano» sería faltarle bastante el respeto a la ‘matris lingua’, ya que se ha visto atacada por incontables expresiones autóctonas, la mezcla de lenguajes de etnias minoritarias de inmigrantes y por la horadante influencia de idiomas foráneos, esencialmente el inglés, a través de los medios de comunicación audiovisual
Separadamente de lo expresado, en las últimas décadas ha irrumpido en nuestras vidas la Internet con sus redes sociales y su seudo idioma inventado para las comunicaciones escritas en espacios físicos reducidos (usando escasos caracteres), lo que nos ha ido llevando a utilizar una profusa cantidad de abreviaturas, más impuestas que convencionales y menos aún claras para la sociedad en general; y también signos, como los ideogramas, referidos a expresiones sensitivas de muy variada interpretación.
A propósito, digamos también que la expresión “una imagen vale más que mil palabras”, no deja de ser equívoca y también un ingenioso justificador de lo que cada mirador cree identificar en ella.
Lo cierto es que nuestra lengua original, y hago referencia a la dominante a partir de la definitiva radicación de los españoles en estas tierras, ha sufrido una incorporación de términos – consciente e inconscientemente – por parte de la ciudadanía, lo que la está llevando a su depreciación como el medio más idóneo de comunicación verbal y escrita.
Asimismo, el vértigo propuesto por la prensa sometida a las exigencias del mercado a partir de haber privilegiado la renta por sobre la calidad de la información, ha logrado – mediante la hipotética apropiación de la «opinión pública» – que la corporaciones política, religiosa, empresarial y sindical, se expresen ante sus interlocutores con muchos tópicos e ideas preconcebidas para ser comunicadas con singular rapidez y, naturalmente, sin demasiado criterio.   
Se ha llegado al límite de que importantes jefes de Estados se comunican al éter, no a través del éter, por medio de las extendidas y anodinas redes sociales, intentando darles a éstas una importancia superlativa por sobre la comunicación fehaciente, expresión verbal y/o audiovisual y, por lo tanto, gestual. El mensaje al ‘cielo’ es un mensaje sin destinatario concreto, por lo tanto puede ser asido y colegido de las más diversas formas y trasmitido desde una representación subjetiva sin sustento racional.
Sin dudas que esta situación no es nueva; antes de la era cristiana existían los exégetas de los oráculos, los cuales producían las ideas más subjetivas que luego eran trasmitidas a aquellos que detentaban el poder según los resultados de la cuestión conflictiva invocada, con mayor o menor éxito.
A tal punto se desarrolló este trabajo de intérprete, que también oportunamente mereció severas críticas ante la adversidad manifiesta en las cuestiones planteadas. Nietzsche ha sido uno de varios filósofos que ha criticado con vehemencia la lectura e interpretación antojadiza que se hacía de las obras de los pensadores, culminando con su sentencia «Hasta que la idea desapareció bajo la interpretación».
El oficio de “profeta” es otro de los más antiguos y respetados, aún en su coexistencia milenaria con las religiones hoy denominadas tradicionales (judaísmo, catolicismo e islamismo).
Pero para que no tengan que hacer un esfuerzo extra de conocimiento, vamos a ir directamente al meollo de esta cuestión, cual es la grave crisis comunicacional que tiene el gobierno nacional, y sus pares provinciales y municipales, entre sí y con la ciudadanía en general.
Se preguntaba Pierre Bourdieu: “¿Está lo que tengo que decir al alcance de todo el mundo? ¿Estoy dispuesto a hacer lo necesario para que mi discurso, por su forma, pueda ser escuchado por todo el mundo? ¿Merece ser escuchado por todo el mundo? Se puede ir incluso más lejos: ¿Debería ser escuchado por todo el mundo?” (1)
He aquí la reflexión de un brillante filósofo y sociólogo contemporáneo respecto a una hipotética audiencia que espera, frente al televisor, su mensaje científico-profesional; que no es precisamente el caso del funcionario gubernamental que sí está ‘obligado’ a trasmitir a «toda la población» sus acciones y los resultados de las mismas.  
Días pasados, conversando con un sociólogo, éste hacía referencia a los severos problemas comunicacionales que hoy por hoy contribuyen a aislar cada vez más a la corporación política en el poder del resto de la sociedad. Diría un amigo, es más o menos como volver a dar la misa en latín.
Siempre partiendo de la evidencia más cruda, es indudable que quienes afirman representarnos como mandatarios, siguen considerando – en general – a la sociedad argentina como una tropilla de semianalfabetos funcionales, i.e. demagógicamente elogiada por los politicastros ganadores de cualquier proceso eleccionario y simultáneamente menospreciada para meritar conocer qué hacen los mismos en el gobierno, además de mentirle descaradamente y retacearle información importante para su devenir cotidiano.
Sin lugar a dudas que el mal ejemplo cundió en nuestra Argentina y, al igual que la Iglesia, el gobierno ha sido un activo promotor de esta cuasi ignorancia funcional respecto a temas gubernativos, que – de tomar estado público – podían resultar incómodos para los mandatarios de turno.
Paradójicamente, especialmente durante los gobiernos que se sucedieron luego de la última dictadura cívico-militar (1976/83), la subestimación de la capacidad de conocer, razonar  y analizar de la sociedad en general respecto a los temas comunes de la nación, ha sido atroz.
A todo ello hay que agregarle la continua desinformación social – con el inapreciable concurso de la prensa amarillista y mercenaria de todo estipendio con base en el ombligo del país -, mal informando selectivamente a las poblaciones de las distintas regiones argentinas según los intereses representados por las editoriales.
Para no irnos más lejos, podemos afirmar con total imparcialidad, que el manejo espurio de la información que han llevado a cabo los sucesivos gobiernos desde 1955, en este tema del “secretismo”, no tiene demasiadas diferencias con aquel que concretaron las juntas cívico-militares y sus serviles asesores en todos los gobiernos de facto.
Pero detengámonos un poco en el actual gobierno nacional, cuya máxima jerarquía tiene serias dificultades para comunicar ideas sustentables a través de su discurso feble, lastimero e inconsistente.
La alocución presidencial (grabada) durante la última crisis por la devaluación de nuestra moneda, era lo más parecido al mensaje de un pastor metodista ante su congregación que – por sumisión natural – no tiene poder de reacción ante un anuncio afrentoso hasta para el menos avisado. Lacrimógeno y mechado de argumentos que poco tenían que ver con la cuestión central, apeló a la compasión de la audiencia manipulada por los gacetilleros en boga.
A la palabra presidencial, le sucedió la del fariseo de Hacienda, con su habitual galimatías, haciendo responsable de nuestras desgracias a los presuntos setenta años de arrastre de desequilibrio fiscal, un tópico que ya no resiste el menor análisis y expone la poca o nula capacidad de todos los gobiernos desde 1955 en adelante para poner fin a esta situación tan agobiante como nociva para el pueblo argentino. 
Pero estos desaguisados en las comunicaciones ya venían registrándose desde diciembre de 2015, en boca de los distintos asesores presidenciales simulando y disimulando situaciones sin ser fácilmente detectados por sus expresiones faciales.
Desde la oquedad de la Ministro de Seguridad, pasando por paniaguado Ministro de Defensa, continuando con el fumígeno Jefe de Gabinete, el locuaz Ministro del Interior, y –por qué no – la mística sicofante Lilita, que es más la sal que echa en la quemadura que el bálsamo para calmar tanta irritación.  
De todos, la acción ergotizante del fumígeno Peña se lleva los laureles, porque lo ha expuesto cual fanático militante y epígono presidencialista, justificando como un acto reflejo lo justificable y lo injustificable, lo que ha sido puesto en evidencia con el silencio de radio de Rodríguez Larreta y de la gobernadora Vidal, entre otros.
Hace muchos meses hice especial hincapié en que el Presidente debía «barajar y dar de nuevo» en cuanto a la cantidad y la calidad de sus asesores. Sigo insistiendo en que comete el mismo error en trocar ministerios por presuntos apoyos electorales, que a la postre no son tales. Su ocasional aliado radical ya le ha empezado a jugar en contra.
Decía Honorè de Balzac (1799-1850), “Las alianzas duran poco cuando uno de los amigos se siente ligeramente superior al otro”.
El Ing. Macri ya debió haber sabido que todo acuerdo con el radicalismo es sólo temporal y muy circunstancial. Parece que su conocimiento de la historia nacional es escaso y no recuerda que sus aliados de hoy nacieron como un grupo de sediciosos golpistas en 1890.
Hace unos días, cuando Macri intentó repartir las tarjetas de invitación a coparticipar responsablemente de la crítica situación – con la presencia de los aliados correligionarios -, se encontró con un sosegate, porque sus socios se subieron al bote salvavidas para alejarse del pretendido Titanic.
La victoria suele tener muchos padres, pero la derrota siempre es huérfana; y todos aquellos que se subieron al caballo del comisario en noviembre de 2015, hoy son fugitivos que nada quieren tener que ver con la crisis desatada por factores internos y externos.
Más allá de lo coyuntural, la aparición de los «cuadernos del oprobio» ha sido un mazazo en la mollera que, por lo inesperado, provocó una estampida empresarial, que afectó la estabilidad de la moneda nacional y disparó al dólar (reaseguro de todos aquellos que no tienen confianza alguna en el presente y el futuro del país).    
Nuestro presidente debe demostrar carácter enérgico y decisión en su accionar; el piloto de tormenta no tiene lugar para debilidades, porque los intereses de la patria están siempre por encima de las mezquindades partidarias y de las vanidades de las personas y sus respectivas corporaciones que cohabitan en ella.
Lo que están haciendo los socios desleales y los opositores es de una bajeza tal que no hay calificativos para adjetivarla.
Un lenguaje plano, sin ambages ni cortapisas, debe ser el del primer mandatario; concreto y pasional, máxime en situaciones delicadas.
Usted necesita ministros que lo asesoren no estúpidos que lo aplaudan como hacía la claque con CFK. Hay una cáfila de hozadores de porquera y traidores que están apostando a su fracaso para asaltar nuevamente el gobierno nacional; y, lo peor, es que usted y sus bojigangas boy’s le están dando de comer a cuanta mesa se sientan.
No olvide que la prensa amarillista y mercenaria de todo estipendio está siempre a favor del poder real, no del ficticio que hoy usted encarna. Los medios día a día usan sus errores para desgastarlo y vituperarlo, encabezados por el multimedio del muñequito acarminado y sus ocasionales aliados orilleros todavía sustentados por el residual kirchnerista.
Si tiene que pagar un costo político en beneficio de la patria hágalo, no lo dude. «Et veritas liberabit nos».
 
“La lisonja corrompe a un tiempo al que la recibe y al que la da: el pueblo y los reyes han experimentado más de una vez los peligros de la adulación”. Edmund Burke – (1729-1797)
 
 (1) «Sobre la Televisión» – Pierre Bourdieu – 1996.
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