LA INSTITUCIONALIDAD ESTÁ EN PELIGRO

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La sociedad, en general, descree de las instituciones, más que por las gestiones de los burócratas de turno, por los resultados palpables de las mismas.
La vulnerabilidad institucional, a partir de la drasticidad de las alternancias políticas producidas desde 1810 en adelante, no ha hecho más que debilitar la imagen del gobierno tal como había acontecido con la de la monarquía española desde fines del siglo 18.

Los coletazos americanos del golpe sedicioso francés de 1789 se esparcieron como los hongos después de la lluvia. La disolución del poder monárquico y la barbarie sin control dieron pábulo a los incipientes movimientos libertarios que no hicieron otra cosa que insuflar mayor poder a otras monarquías más estables de Europa, como la de la misma Inglaterra y sus aliadas Portugal y Holanda. 
Cuando Perón expresaba que las revoluciones se podían hacer con tiempo o con sangre, parafraseando a predecesores internacionales duchos en la materia, no hacía más que ratificar que todas las reformas profundas, para que no se registren como traumáticas deben tener un proceso de maduración en las ideas y de moderación en su aplicación a la realidad. 
En nuestro país no se han dado los tiempos necesarios para madurar los cambios ni ha habido, en general, los adecuados intérpretes de cada actualidad como para poder promover las reformas necesarias y reclamadas.
Los tiempos modernos con su poco justificado vértigo y con el pensamiento rápido (fast thinking), no han hecho más que confrontar con la serenidad indispensable para la elaboración de las ideas y las consecuentes oportunidades para el desarrollo de las mismas.
La impaciencia desorbitada de los sectores más arrebatados de nuestra sociedad, cuando éstos detentaban cierto poder, dio por tierra con los proyectos de mediano y largo plazo (políticas de Estado) que, a no dudarlo, hubiesen significado un progreso acompañado de un mayor bienestar social.
El eslogan mercantilista que declara “el tiempo es oro”, nos ha convencido de que el devenir natural del tiempo ha cambiado y sólo debe ser atesorado a través de la ecuación costo-beneficio, puesto que su dilapidación redunda en perjudicial ociosidad.
Inclusive en las últimas décadas se ha persuadido a la juventud de que debe vivir el día (carpe diem), y sólo preocuparse de lo inmediato.
Grave onirismo éste que neutraliza la voluntad de poder para intentar alcanzar algo más que lo elemental durante la existencia, como la realización de proyectos personales y familiares. Es el aborto de lo posible, que cuando se halla en gestación se lo aniquila para seguir disfrutando de más sueños irrealizables.  
Que hubiese sido del mundo si personajes como Pasteur, Fleming, Jenner, Salk, Sabin, Finocchieto, von Behring, Pirovano, Hilleman, Agote, Houssay, Barnard, Favaloro, Koch, Liotta, McClintock, Curie, etc., etc., etc.; hubiesen sido impacientes y abandonado sus investigaciones y proyectos porque eran demasiado largos y tediosos; la consecuencia hubiese sido que hoy la humanidad no hubiera existido como la conocemos por haber sido diezmada por las enfermedades.
La vida no debería ser un simple estar y consumir; cada persona en su ámbito y con sus propias capacidades y habilidades tiene la oportunidad de contribuir con la sociedad de la que forma parte indisoluble.
La garantía de la «igualdad ante la Ley» es irrenunciable e inalienable. Ahora bien, tal como afirmaba José Ingenieros, “…Desde que se inventaron los Derechos del hombre todo imbécil los sabe de memoria para explotarlos, como si la igualdad ante la ley implicara una equivalencia de aptitudes” (…) “El burgués enriquecido merece el desprecio del aristócrata más que el odio del proletario, que es un aspirante a la burguesía; no hay peor jefe que el antiguo asistente ni peor amo que el antiguo lacayo. [Y yo agregaría: ni personaje más abyecto que el resentido ex funcionario desplazado por los mecanismos legales]. (…) Esas inclinaciones serviles, arraigadas en el fondo mismo de la herencia étnica o social, son bien vistas en las mediocracias contemporáneas, que nivelan políticamente al servil y al digno. Ha variado el nombre pero la cosa subsiste: la domesticidad es corriente en las sociedades modernas”.
Dicho lo cual, si la prensa amarillista y mercenaria de todo estipendio – que actúa bajo la advocación del “poderoso caballero es don dinero”, al decir del gran Quevedo -, no diera profusa difusión a temerarias especulaciones que parten desde sectores interesados y de los habituales «hozadores de porquera», para debilitar las instituciones de la república, – más aún de lo que hoy están -, la misma ciudadanía, podría mejorar su credibilidad y empezar a reconstituir la confianza en las mismas.
Suscitar en los argentinos mayor angustia y desesperación es buscar sumergirlos en una execrable incertidumbre, que sólo contribuye a nulificar y/o aniquilar todos sus proyectos individuales y sociales. 
Ni hablar de su contribución a soliviantar la sociedad para exacerbar estériles enfrentamientos que terminan profundizando aún más las heridas, porque ello constituye una de las mayores vilezas de las cuales también debe hacerse cargo la rentista prensa doméstica.
Publicar en sus primeras planas novelas por capítulos de prefabricados enfrentamientos entre el sindicalismo – prostituido por la política y el soborno -, con el propio Presidente de la Nación, es darle una entidad que no tiene este gremialismo variopinto y posiblemente no tendrá en el decurso de su limitada representatividad.
Equiparar a estos habituales amotinados con el Presidente de la República, más allá de las preferencias políticas de cada ciudadano es, cuanto menos, pretender subestimar y ajar la imagen institucional. Recordemos que estoy haciendo referencia a la institución presidencial, y la preservación de la misma es indispensable para evitar un mayor deterioro republicano.
Asimismo, el bregar de ciertas  minorías por procurar nuevas reglas en la democracia representativa – a conveniencia facciosa -, cada vez que alguna de ellas es derrotada en las urnas y encuentra en eso un freno a sus delirios de poder, es una cuestión que ya raya en lo paranoico, por más que intenten disfrazarlo apelando al latiguillo de la «criminalización de la protesta», buscando con ello evadir las responsabilidades penales especificadas en la ley.
De la misma manera estos grupúsculos que, por ser apañados por la prensa, se consideran expresiones autorizadas de simuladas mayorías, pretenden confrontar con las máximas autoridades electas y democráticas, en un pie de igualdad.
Esto es – en general -, de muchos argentinos, sobre todo de los mediocres que creen estar en capacidad para discutir sobre cualquier tema con simulada experiencia y hasta con las personas más calificadas, y terminan buscando afanosamente minimizar y/o ridiculizar a su interlocutor para obtener algún beneficio cuando – en la realidad -, tienen menos vuelo que un pollo.
Sin dudas que todo esto es el fiel reflejo de la ausencia de representatividad de quienes dicen llamarse ‘representantes del pueblo’ (diputados y concejales), y de la negligencia del funcionariado que parasita en las instituciones intermedias que deben ser el canal de expresión válido para evitar desbordes y exabruptos demagógicamente naturalizados y electoralmente capitalizados desde 1996 en adelante, cuando comienzan los cortes de rutas y las puebladas durante el menemato.
Las equiparaciones mediáticas, absolutamente forzadas y antojadizas, favorecidas por el mercenarismo de los plumíferos en boga, no han tenido otro objetivo que el de minar la institucionalidad republicana.
Tampoco debemos olvidar que muchas de estas actitudes son recidivas de las dictaduras cívico-militares que asolaron nuestra patria en la última centuria; cuyas costumbres fueron internalizadas casi al dedillo por los gobiernos cuasi democráticos que sucedieron a cada uno de los de facto; tales como la prepotencia y la soberbia (del ignorante) que es casi similar a la del presumido que incursiona en todos los temas con una temeridad sin igual, como muchos periodistas pagados de sí mismos, los cuales dominan los horarios centrales en radiofonía y televisión.
Que las corporaciones política, sindical, empresarial y eclesial dan sobrados motivos para que los generadores y manipuladores de la opinión pública lucren hartamente, esa una realidad ineluctable. La periodística es una actividad que llega hasta autosatisfacerse si llegado el caso no obtiene información para malsinar y/o con qué negociar.
Antaño el compromiso del periodista era generalmente con el público; eso cambió radicalmente, al decir del periodista y escritor polaco Ryszard Kapuściński: “Cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de ser importante.” Esta es la gran diferencia entre el profesional de estilo clásico y los «media worker», mesnaderos de sus editoriales.
Como se ha dicho hasta la saturación, no son las instituciones las que enaltecen a los hombres, sino éstos quienes deben engrandecer a las primeras. Pero es evidente que esta regla tan elemental ha sido alterada por el egotismo y la sobrestimación que han desarrollado quienes acceden a la función pública.
Los canales de diálogo entre representantes y representados jamás deben ocluirse, porque cualquier obstáculo que ralentice o detenga la fluidez comunicacional, es aprovechado por los acarminados pescadores de río revuelto que están en acecho para lanzarse a capitalizar cualquier descontento y utilizarlo de ariete para demoler a las instituciones.
No olvidemos que el surgimiento de las denominadas «organizaciones no gubernamentales» (ONG) durante las últimas décadas, tiene su origen en la marcada ausencia o deficiencia en los canales de comunicación desde y hacia los poderes constituidos. Lamentablemente, algunas de estas organizaciones sólo son fachadas detrás de las cuales se ocultan los agitadores profesionales que encuentran motivos, en el mismo accionar de la burocracia, para organizar revueltas que siempre terminan provocando mayor malestar social que preocupación en el funcionariado responsable.
Para ser explícito, cuando se levanta una carpa en la vía pública, cuando se corta una calle o se detiene un subterráneo o un tren, o se para una línea de transporte de pasajeros, o cualquier otra acción directa incentivada por los habituales amotinados, no tiene afectación directa alguna a jueces, fiscales, concejales, diputados, senadores, ministros o al mismo Presidente según el reclamo. Es al ciudadano común al que perjudica invariablemente. En buen criollo esto se llama extorsión.
El Art. 22 de la Constitución Nacional dice: “El pueblo no delibera ni gobierna, sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución. Toda fuerza armada o reunión de personas que se atribuya los derechos del pueblo y peticione a nombre de éste, comete delito de sedición”, ergo, o cambiamos la Constitución y prevemos mejores sanciones para quienes siendo integrantes de las instituciones de los tres poderes de la república no cumplan con sus obligaciones; o hacemos una revuelta a la iraní, pasamos el rasero y linchamos a los presuntos colaboracionistas del régimen depuesto. Parece ser que estos son los opuestos que se han priorizado en nuestro país a partir del alejamiento del kirchnerismo de La Rosada.
Realmente, si todo el empeño que ponen los confrontadores de siempre para dinamitar las instituciones, lo pusieran para construir alternativas posibles y las canalizaran a través de las vías legales, cuán distinto podría ser el panorama interno y externo de nuestra Argentina.
“Cuando las miserias morales asolan a un país, culpa es de todos los que por falta de cultura y de ideal no han sabido amarlo como Patria: de todos los que vivieron de ella sin trabajar para ella”. (J. Ingenieros)
Decía el Gral. José de San Martín: “Cuando la Patria está en peligro todo está permitido, excepto no defenderla“. Hay que destacar que la Patria está en peligro desde el 25 de mayo de 1810 y cada gobierno y sus contrapartes han contribuido sobradamente para que esta situación no variase un ápice. Desde los sediciosos y violadores de la Constitución y sus leyes (portaran éstos uniforme, sotana o levita), hasta los ladrones de guante blanco, mafiosos, traficantes, subversivos apátridas, terroristas, coimeros, extorsionadores, etc., que se encaramaron en el poder facilitados por las deficiencias en los controles institucionales.
La contracara es que no podemos seguir viviendo como los trogloditas de la fábula de Montesquieu (Cartas Nos. 11 a 14 – «Cartas Persas»), porque inexorablemente vamos hacia nuestra propia destrucción como nación.
La línea de demarcación que señala el momento en que la obediencia debe cesar y empezar la resistencia, es a la verdad muy dudosa, muy difícil de distinguirse, y más difícil aun de fijarse. Un solo acto, o un solo acontecimiento no pueden determinarla.” (Edmund Burke – 1729-1797)

 

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