CAMBALACHE SIGLO XXI

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Desandando ya el último tramo del segundo decenio del siglo XXI, y con los últimos cincuenta años difíciles de sobrellevar por la catarata de acontecimientos que han marcado los destinos de tres generaciones de argentinos; este generoso país sigue siendo agitado por energúmenos mediatizados y dogmáticos enfervorizados.

Todo este cambalache es difundido graciosamente a través de los medios de prensa amarillista y mercenaria de todo estipendio (con beneficio de inventario) abrevando en la fuente del lupanar político-religioso-sindical.
Una de las paradojas más escandalosas, es la de los modernos revolucionarios de cátedra/cafetín, que parecen sentirse respaldados por el mismo Vaticano que hoy más que nunca se vanagloria de lo acarminado de su capelo; a punto tal que son muchos los acogidos integrantes – con singular beneplácito -, por el jesuita Bergoglio, de la mob family’s kirchnerista; siempre bajo la excusa de que todos somos iguales ante la mirada de Dios; por supuesto que algunos son más iguales que otros, como aquellos de ‘La rebelión en la granja’ de Orwell.
Es importante decir,  que la evidente ideologización y politización del pope de la Iglesia Católica, junto a su particularmente sesgada mirada de la ¿justicia terrena?, no estarían siendo bien vistas por la corporación cardenalicia peninsular ni por la ortodoxia vaticana.
Pero, como decía el poeta Ramón de Campoamor,
“En este mundo traidor,
nada es verdad ni mentira,
todo es según el color,
del cristal con que se mira”;
Así la Iglesia Católica Apostólica Romana, durante veinte siglos ha sobrevivido y sobrevive aún a ignominiosas cuestiones intestinas; desde el ‘celibato’ y su secuela en la sexualidad de los integrantes del clero regular; la simonía (1); la «santa inquisición» – i.e. las persecuciones y purgas religiosas-; las guerras expansionistas, i.e. las cruzadas y otras campañas con sus motivaciones esencialmente geopolíticas y económicas-; la injerencia política en otros países y/o el soslayo sobre acciones de extrema gravedad que atentan contra los derechos humanos más elementales en otros Estados del planeta, etc., etc.; acompañando en esto último las políticas de la escribanía neoyorquina supranacional.
Les aconsejo a mis lectores que en algún tiempo libre incursionen en los escritos oficiales de la Iglesia y tomen conocimiento de los cánones establecidos en los concilios y sínodos desde el de Jerusalén (50 d C.), en adelante. (Ejemplo: Letrán I)
Los laicos empoderados por el lóbrego electorado y avezados operadores de ocasión para adherir fingidamente a la posición del episcopado argentino – obediente cumplidor de órdenes de allende los mares, con un mensaje destinado más a establecer los lineamientos políticos del Papa que a la natural trasmisión del Evangelio -, explotan cada concepto convenientemente montado para dar razón y justificar su reclamo.
Por otra parte, es ya una reconocida tradición nacional que cada político vaya a buscar – antes y después de un proceso electoral -, las bendiciones en el exterior para completar su plácet de oficialista u opositor interno.
Históricamente, después de Caseros (1852) e impuesta la nueva constitución nacional (1853) – ¡cuándo no! – por los vencedores, cada uno de los políticos que se sucedieron en el gobierno bregaron por recibir el visto bueno de la corona británica; a excepción de Hipólito Irigoyen (1916/22 y 1928/30), y así le fue.
Finalizada la segunda guerra (1939/45) y habiéndose mudado el poder supranacional a su nueva sede en Washington DC, fueron a buscar la aprobación del amo norteño, i.e. el divino heredero del Destino Manifiesto – salvo entre 1946 y 1955.  En las últimas décadas, esta búsqueda ha sido aleatoria, pero siempre apuntando a lo foráneo (USA, Cuba, Venezuela, la propia Gran Bretaña y el Vaticano).
Como se puede observar, el enanismo mental del funcionariado doméstico y su permanente búsqueda del negocio redimidor de su hipotético patriotismo, pone el sello al real sentido de pertenencia de la burocracia estatal en la República Argentina.
Vastos espacios de poder en nuestro país han sido ocupados por una cáfila de mediocres, aventureros, revanchistas y alcahuetes que, merced al deplorable sistema electoral que domina, a la onerosa pero muy atractiva cesión de espacios en los medios de prensa y a la fallida capacidad de elección del pueblo de la nación, inundan el ambiente con su mensaje incoherente, rentístico y plagado de banalidades.
Ahora bien; estos advenedizos a los espacios de poder, llegan y se sostienen porque la misma sociedad ha incorporado esta práctica como una habitualidad, al punto de que hasta algunos gacetilleros de medios audiovisuales los orlan con florituras para que el público los incorpore como figuras dulces y amenas, lejos de lo que realmente suelen ser en los ámbitos donde se desenvuelven.
Esta humanización mediática, las más de las veces, tiene por objeto crear una imagen diferente de la que anteriormente tenía la sociedad de la persona en cuestión, generalmente cuando se trata de generar opinión pública, a su favor o en su contra.
Otro asunto mediático – no menos importante – son los temas que se ponen en superficie, ya sea para licuar uno precedente de importancia y/o para darle oxígeno a las corporaciones dominantes.
Por caso, tal es el tema del arcano destino del Submarino A.R.A. San Juan y los 44 seres humanos desaparecidos, que ha sido prácticamente borrado de un plumazo ante la puesta en escena de la despenalización del aborto.
En ambos casos hablamos de la muerte; en el primero por lo menos inextricable para el conjunto de la sociedad; y en el segundo de un vulgar asesinato, con más la pretensión de que sea subsidiado por todos los argentinos como si se tratara de un impuesto al sexo recreativo mas no reproductivo.
Tengamos presente que ha sido el mismo gobierno nacional quien ha dejado traslucir una flagrante imprudencia en el manejo de cuestiones que implican los más sagrado para todo ser humano cual es el esencial derecho a la vida.
No tuve oportunidad de verificar si alguna de las conocidas y acarminadas organizaciones paseanderas placeras hizo siquiera mención pública del derecho a la vida de los 44 argentinos «desaparecidos» junto al submarino A.R.A. San Juan.
Tampoco he visto en la Plaza del Congreso a la misma cantidad de asistentes que hoy observamos y que pretenden que se vote la despenalización del aborto, i.e. el asesinato de una persona indefensa dentro del vientre materno.
Claro, cuando se trata de <conflictos accesibles>, allí están los pescadores de río revuelto con su cartelería y cotillón bermejo, financiado por el sindicalismo afín,  que según la necesidad de agitación social y confrontación con los poderes constituidos convoca desde ONG’s hasta la primiciera corporación periodística, pasando por todos los grupúsculos que ostentan un vacuo sello de goma y por los punteros choripaneros que han convertido la sedición callejera en su profesión habitual.
Tampoco faltan a la cita quienes tienen intereses directos sobre los resultados a obtenerse de los gorrones legislativos, tal es el caso de proxenetas y meretrices, seguramente para bajar sus costos operativos; y los habituales oportunistas integrantes de la farándula doméstica, que con tal de sumar un jalón a su legajo profesional son capaces de asumir posiciones absolutamente encontradas. Algunos que ayer marchaban contra la violencia de género y el femicidio, hoy auspician la muerte de personas inocentes e indefensas (Art. 70 y cc del Código Civil).  
Pero ¿qué dice al respecto la Iglesia Argentina?
Como es su costumbre hace la gran Pilatos y se justifica abogando por «un diálogo sincero y profundo que pueda responder a este drama»; la cuestión es quedar más o menos bien parada sin generar rispideces; por supuesto que previamente apuntó contra el gobierno por haber habilitado el tratamiento del tema en el Congreso. El viejo y conocido doble estándar que le llaman…
Por último, además del «aborto legal, seguro y gratuito» que reclaman algunos centenares de inanes y paranoicos en distintos lugares del país, acicateados desde las sombras por los instigadores del retraimiento demográfico; otro tema central es el conflicto con los docentes por distrito, que no casualmente termina mayoritariamente con el no inicio del período lectivo en tiempo y forma, i.e. con paro los días 5 y 6/03 y retiro en apoyo al paro de las mujeres en su día el 8/3; consecuencia: los chicos y jóvenes y su educación pueden esperar, lo primero es el bolsillo y el circo político/sindical.
Tanto el gobierno nacional como los  pares provinciales cargan con la responsabilidad primaria del problema porque <todos> sabían a la perfección que el conflicto con los trotskistas y sico-bolches que digitan a los vanguardistas changarines de la educación iba a detonar en la semana previa al inicio de clases, y nada hicieron por buscar solución, aún a sabiendas de que los sindicalistas no tienen la menor intención de acordar puesto que conforman un virtual partido político opositor a ultranza, junto a sus pares apilados en las CTA.
Son los luditas modernos que no asumen la responsabilidad de sus actos a partir de las emponzoñadas garantías constitucionales de la «estabilidad del empleado público» y del «derecho de huelga».  (Art. 14 bis Constitución Nacional – agregado por los sediciosos golpistas del 16/09/1955 en la reforma constitucional de 1957).
Volviendo a los medios, difusores masivos del tósigo, escribía el pensador francés Pierre Bourdieu: «La televisión se convierte en el árbitro del acceso a la existencia social y política. (…) Uno de los factores fundamentales de las luchas políticas, tanto a escala de los intercambios cotidianos como a escala global, consiste en la capacidad de imponer unos principios de visión del mundo, de hacer llevar unos lentes que hagan que la gente vea el mundo según unas divisiones determinadas (los jóvenes y los viejos, los extranjeros y los autóctonos). Al imponer estas divisiones, se crean grupos, los cuales se movilizan y, al hacerlo, pueden conseguir convencer de su existencia, presionar y obtener ventajas. En estas luchas, hoy en día, la televisión tiene un papel determinante.
Quienes todavía creen que basta con manifestarse, sin ocuparse de la televisión, corren el serio peligro de errar el tiro: hay que producir, cada vez más, manifestaciones para la televisión, es decir, manifestaciones que por su naturaleza despierten el interés de la gente de la televisión, haciendo hincapié en sus categorías de percepción, y que, retransmitidas y amplificadas por esa gente, alcancen su plena eficacia». (2)
En una palabra, los medios audiovisuales logran que un limitado grupo de manifestantes pueda hacerse ver y sentir como una verdadera multitud preñada de razones reclamando sus derechos presuntamente conculcados.
Por supuesto que esto no es gratuito; los medios de prensa audiovisuales tanto con la salida al aire como con los efectos primarios y colaterales de ello, obtienen pingües ganancias provenientes de las corporaciones que disputan los espacios de poder.
La sociedad de antaño recelaba de lo desconocido, salvo que mediara alguna explicación convincente que satisficiera sus dudas primarias; la actual ha formado, a través de la radio y la televisión, el hábito de recibir cualquier información y darla por veraz a priori; básicamente por dos razones: la primera porque no puede procesar la cantidad de mensajes que oye; y la segunda porque la cantidad de imágenes que percibe, a menos que sean estáticas (gráfica), tampoco le es posible procesarlas, por lo que sólo quedan en su memoria inmediata las que más conmueven o afectan su sensibilidad; todo lleva a dar autenticidad inmediata al anuncio y a no tomarse el tiempo necesario para analizarlo; obviamente cuando el receptor tiene una mínima formación intelectual previa que le permita cotejar.  
La automatización mental de los miembros de la familia se está completando con la paulatina prescindencia del uso del lenguaje inteligible en el nuevo y desenfrenado mundo de las comunicaciones electrónicas. Sin duda que lo urgente se ha convertido en el acérrimo enemigo de lo importante que, en definitiva, dentro de la familia era – y debería seguir siendo – el diálogo crítico y enriquecedor a través del intercambio de ideas y sentimientos.
Ese mismo diálogo que tendría que existir entre mandantes y mandatarios, y que ha sido reemplazado por los monólogos autorreferenciales de los últimos que, en ausencia de mejor propuesta, creen haberse convertido en los inequívocos intérpretes de la voluntad popular, cuando sólo son el vanidoso impulso de sus propias convicciones y escasez de ideas. No tienen alternativas creativas que ofrecer a la comunidad y se ocultan en sus rediles para no verse expuestos públicamente; monologando a través de medios «amigos».
Sin lugar a dudas, la herencia permeada desde los procesos políticos de facto cívico-militares en la última centuria ha impregnado a todos los estratos sociales y, por ende, a sus naturales emergentes,  – en particular a quienes desarrollan funciones públicas -, de una rara mezcla de soberbia y supremacía personal. De allí el soliloquiar de los agentes gubernamentales con un persistente halo de superioridad preexistente.  
El principal instigador de esta debacle relacional es la escasez de tiempo por la cual – aunque el día siga teniendo 24 horas, cada hora sesenta minutos y cada minuto otros tantos segundos como hace siglos -, el negocio y sus operadores funcionales nos han convencido de que el «tiempo es dinero», ergo, hay que ahorrarlo para cosas importantes, entre las cuales no se encuentran el pensar y conocer, sino el consumir y gastar.
De ahí que el ecologista de medios Profesor Eric McLuhan (hijo del filósofo canadiense Marshall McLuhan) expresara: “los efectos de los medios de comunicación afectan la cultura; han alcanzado muy profundo en la cultura y nos cambian tan profundamente cómo nos relacionamos los unos con los otros los seres humanos; cambian los negocios, la educación, el arte, cambia todo. Uno de los efectos de los nuevos medios, la computadora, la televisión y de alguna forma la radio, están matando la literatura. Hay una guerra completa entre el alfabetismo-literatura y la computadora, Internet, la televisión, están de la otra mano. (…) Los chicos se dan cuenta de que no hay nada en los nuevos medios que requiera a la literatura – leer -, no necesitan saber leer para utilizar una iPod, ni para ver televisión o escuchar radio. Para qué literatura; cualquiera que no es alfabetizado puede llevarse perfectamente bien con los medios. La racionalidad vino por mi alfabetismo. No somos una red racional. No puedes separarte, todo te envuelve, así que no puedes ser racional acerca de ello. La racionalidad implica utilizar el lado izquierdo del cerebro, todos los medios son el lado derecho del cerebro; sólo el alfabeto nos da la oportunidad de separar las contracciones en el cerebro, sólo el alfabeto…”.
Cuando hablo metafóricamente de «barajar y dar de nuevo» hago referencia a un cambio de paradigmas.
La Argentina parece estar signada a seguir esterilizándose en el debate infructuoso sobre personas y no sobre acciones e ideas. Este es el legado de morenistas o saavedristas, rosistas o antirrosistas, alsinistas o mitristas, irigoyenistas o alvearistas, peronistas o antiperonistas, menemistas o antimenemistas, kirchneristas o antikirchneristas, etc., etc.; pero la generación de nuevas e innovadoras ideas y políticas de Estado articuladas y consensuadas para el mediano y largo plazo y todo lo que ello tracciona en su desarrollo, desde nuevas políticas educativas hasta tecnológicas y productivas, parecen inveteradas quimeras tangueras.
Cuando en nuestra Patria allá por 1841 estábamos enfrentados a muerte entre argentinos, encolumnados detrás de los personajes políticos dominantes en el momento, un pensador estadounidense en su país publicaba un ensayo titulado «El espíritu de la naturaleza», y en él escribía: “Nuestra era es retrospectiva. Construye los sepulcros de los antepasados. Escribe biografías, historias y críticas. Las generaciones anteriores miraban cara a cara a Dios y a la naturaleza; nosotros lo hacemos a través de sus ojos. ¿Por qué no habríamos de entablar también nosotros una relación original con el universo? ¿Por qué no habríamos de tener una poesía y una filosofía que sean fruto de nuestra propia visión y no de la tradición, y una realidad que nos sea revelada a nosotros, en lugar de ser la historia de la revelada a ellos?
Cobijados por un tiempo en la naturaleza, cuyas corrientes de vida nos circundan y atraviesan, y merced a los poderes que nos confieren, nos incitan a realizar acciones conmensurables con ella, ¿por qué avanzar a tientas entre los huesos resecos del pasado y convertir a la generación viviente en un desfile de máscaras con su descolorido vestuario? El sol brilla también hoy. Hay en los campos más lana y más lino. Hay nuevas tierras, nuevos hombres, nuevas ideas. Demandemos nuestras propias obras y leyes y cultos”. (Ralph Waldo Emerson – 1803-1882).
Por supuesto que no se trata de reemplazar próceres consagrados auspiciando prototipos impulsados por oligofrénicos fanáticos de la violencia como sistema.
Lo que tiene que quedar claro es que las ideologías políticas y los dogmas religiosos han quedado superados por una dinámica social que anhela cambios reales en la convicción de que nuestro país no avanzará si lo que se sigue sustanciando es, como cita Emerson, la historia de un pasado sólo revelado a nuestros ancestros. Modestamente podría agregar al pensamiento emersoniano, historia “dibujada” por los exégetas de la revelada a nuestros antepasados.
“El hombre prudente no dejará lo justo a merced del azar ni deseará que prevalezca gracias al poder de la mayoría. Poca es la virtud que encierra la masa”. (Henry David Thoreau – «La desobediencia civil» – 1849)

 

(1) En el cristianismo, es la compra o venta deliberada de lo espiritual por medio de bienes materiales. Incluye cargos eclesiásticos, sacramentos, reliquias, promesas de oración, la gracia, la jurisdicción eclesiástica, la excomunión, etc.

(2) «Sobre la televisión» – Pierre Bourdieu – 1996.

 

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