CARRERA DE RELEVOS EN LA VIDA POLÍTICA

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Parangonando las carreras de relevos, en las cuales un corredor le entrega el ‘testimonio’ o ‘posta’ a quien le sucede en la misma competencia deportiva, cada generación de ciudadanos argentinos hace lo propio con el ‘testimonio histórico-político’ a la siguiente. Esta circunstancia suele darse naturalmente en cada familia, i.e. de padres a hijos, y más impersonalmente desde los gobiernos a la ciudadanía en el devenir histórico de mediano plazo.  
La diferencia sustancial se encuentra en que, en la competencia pedestre hay una meta fijada previamente – con reglas – y cada corredor cumple su etapa hasta entregar el ‘testimonio’ a quien lo releva; no acontece así en el ciclo histórico-político, ya que la sociedad está «atada» por el sufragio a los gobiernos que dicen representarla, y éstos, liados a las urgencias y a los actos fallidos que siempre obstaculizaron el camino hacia metas importantes, tampoco fijadas ni garantizadas por reglas claras e incorruptibles; máxime en un país que siempre ha hecho gala del ventajismo y del cortoplacismo.
Imaginemos una nación y su proceso político, no sólo racional sino también basado en el «buen criterio», donde fije objetivos a cumplir (metas que alcanzar), con normas transparentes (no fácilmente transgredibles), y en la que cada gobernante, al finalizar su mandato constitucional, le entregue el ‘testimonio’ (posta) a su sucesor para que éste continúe – en las mejores condiciones posibles – su derrotero hacia el destino común trazado previamente.
Lo que acabo de expresar no es una utopía ni mucho menos, pues hay naciones del orbe que se han organizado sobre el respeto a una sólida estructura jurídica y política que, de común acuerdo, allana el camino para no perder de vista sus objetivos.
Ahora bien, en nuestro país, luego de poco más de doscientos años de historia como Estado no hemos logrado, salvo en períodos muy efímeros, proyectar objetivos de mediano y/o largo plazo, y lo peor es que el gobierno precedente entrega al posterior, no el dulce ‘testimonio’ gratamente portable, sino un lastre que lo abruma y suele provocar una severa regresión que atenta contra toda posibilidad planificada de evolución positiva.  
Es aquí donde aparece el doble estándar de los políticos argentinos, que tan bien definiera el enorme pensador José Ingenieros, cuando hace nada menos que un siglo, escribía: “…Simuladores por excelencia son todos los políticos de profesión. Es fácil verlos, en todo momento, fingiendo preocuparse del bien de su patria y de sus conciudadanos, mientras en realidad su única preocupación es obtener ventajas personales en la lucha por la vida. Cualquier mandatario simula sacrificarse por su país al aceptar el nombramiento, pero guárdase de confesar que espera sacar de su sacrificio honra y provecho”. (José Ingenieros – La simulación en la lucha por la vida).
A no dudarlo que los argentinos solemos cohonestar las conductas de quienes votamos y destrozar a quienes no votamos; por un lado adaptándonos anuentemente al mensaje en boga que promueve la prensa amarillista y mercenaria de todo estipendio – con su refinada técnica en la insidiosa formación de opinión -, haciendo propia la parrafada de sandeces y dándole difusión en nuestro entorno social general; y por el otro lado disimulando este affaire mediático y prohijando una posición crítica hacia lo que nuestro entorno íntimo denuesta.
Decía el escritor Julián Green, “La opinión pública, es la acción de los idiotas”, i.e. el eco de los mediocres.
Abonando lo descrito por Green, cito a George Orwell cuando expresaba: “Por lo que respecta a las masas, los extraordinarios cambios de opinión que ocurren a cada instante, las emociones que pueden abrirse y cerrarse como un grifo, son el resultado de la hipnosis a la que las someten los periódicos y la radio.” (George Orwell – Recuerdos de la guerra civil española)
Para ser bien gráfico y que nadie se llame a confusión, el ejemplo más significativo es la demonizada palabra «discriminación», sea ésta de cualquier índole, que disimulamos fuera del ámbito de protección familiar para evitar la fingida pero no menos agraviante condena social. A esto, en mi juventud, se le llamaba “hipocresía”, sin cortapisa.
Además, tantas décadas de ver aparecer en los medios de comunicación a delincuentes, meretrices, proxenetas, canallas, bribones, etc.,  – provenientes de los distintos espacios de poder, esencialmente capitalinos -,  justificándose los unos a los otros bajo el denominador común de los habituales sofismas en contraposición con lo egregio, excelso, sabio, virtuoso, etc., ha logrado que la ciudadanía en general haya habituado su pensamiento y paladar a lo escatológico antes que a lo sublime.
La ausencia de un «proyecto nacional» elaborado a la luz de las primigenias políticas de Estado a desarrollar en el mediano y largo plazo, contando con la previsión de los posibles modificadores que remitan a realizar los ajustes necesarios en dicho proyecto, es uno de los mayores condicionantes del desarrollo social de una nación.
Nuestro país ha sido, a excepción del período democrático entre 1946 y 1955, un constante ‘improvisador’ en la materia, esencialmente en lo que a la economía se refiere, i.e. incursionando sistemáticamente en recetas propaladas por distintos opositores que cuando acceden a la función pública y ejecutan todas sus teorías, ponen en superficie su ineptitud en el manejo de la cuestión o su predicamento para favorecer deliberadamente a sectores corporativos empresarios en desmedro de la demanda social.
Muchas décadas de elaboradas mentiras dolosas y de medias verdades han naturalizado en la ciudadanía la tolerancia a la ruindad, al punto de admitir la corrupción como una especie de virtud incorporada a nuestra escala de valores como pueblo.
Más grave aún es la constante confrontación en la que se debaten, por lo pronto, las generaciones presentes en la cotidianeidad ciudadana, i.e. abuelos, padres e hijos, quienes nos vemos permanentemente inducidos por la corporación política y las falacias mediáticas a creer en las obsolescentes ideas ‘remozadas’ con el toque sutil de la esperanza de un mañana mejor.
Recordemos que esta esperanza ha sido sembrada inicialmente por la antigua religión familiar previa a las religiones actuales, y que estas últimas han sabido darle un uso arbitrario para difundir su mensaje coercitivo.
Como ya se ha dicho en múltiples oportunidades, las ideologías políticas y las recetas económicas, al igual que los dogmas religiosos, son meros ensayos elaborados por algunas mentes peregrinas o por simples diletantes, que pretenden aleccionar sobre cuestiones de una presunta realidad – las más de las veces con éxito – que sólo ellos y su entorno afín ven o pretenden ver.
No hay más que leer al gran soñador Thomas More, más conocido como el santo Tomás Moro, autor de la inefable obra “Utopía”, a través de la cual esbozó una teoría atiborrada de fantasías, con el enorme valor de haberlo hecho en una época (S. XVI) donde el poder monárquico era inconmensurable y a la vez potencialmente letal para todo aquel que no fuera afín al pensamiento oficial.
También en la Argentina tenemos, de alguna manera, a decenas de vulgares emuladores del santo británico, que día a día construyen relatos utópicos sobre las acciones políticas de gobierno para el presunto bienestar social, que terminan – más temprano que tarde – estrellándose contra el adarve de la realidad.
La gran masa humana emergente como vahos derecho-humanistas de la asonada francesa de 1789, se vio impelida a través de las consecuencias de la movilidad social propia del proceso de industrialización en Europa,  i.e. la aparición del proletariado urbano; con más los lineamientos económico-políticos de los manchesterianos epígonos de Adam Smith – exponente del liberalismo económico – y los ensayos de Marx en los que exponía su fragmentada visión sobre la división del trabajo de mediados del siglo 19; a encolumnarse tras los arquetipos que se arrogaban la fiel exégesis de las ideologías de moda.
Convengamos que la sociedad no tiene ni puede tener el poder de síntesis sobre las políticas de Estado, no sólo por su visión parcial y acotada de los acontecimientos en general – agudizada por la retaceada información que recibe del contexto nacional por parte de los medios de comunicación -, sino también por las notorias diferencias existentes entre la educación que poseen y su pertenencia a estratos sociales con amplia diversidad de intereses.
Precisamente son los funcionarios que esta sociedad designa como sus mandatarios quienes deberían hacer esa síntesis, ya que cuentan con los medios para determinar las prioridades sociales y establecer el orden de prelación entre lo necesario y lo posible, obviamente respondiendo con el mismo afán a ambas circunstancias.
Recordemos que la mayoría de las veces, la burocracia gubernamental y sus gorrones corporativos, una vez disipado el objetivo primario, apelan a la ucronía para pretender justificar el fracaso, cuyo peso es soportado por la sociedad en su conjunto aunque en distinta proporcionalidad de acuerdo a sus capacidades contributivas e intelectuales. 
¿De qué manera afecta todo lo citado a la familia, como base de nuestra sociedad nacional?, pues que los que reciben el ‘testimonio’ suelen sentir – con alguna razón – que han sido o están siendo defraudados por sus predecesores, lo que constituye un factor más de discordancia que abona la disolución doméstica.
Lo mismo acontece con la sociedad en general cuando cada nuevo gobierno recibe el ‘testimonio’ – viciado de falsedad ideológica -, e inmediatamente pone a trabajar a las defensas institucionales para quitarse de encima toda responsabilidad futura por sus propios actos fallidos.
El escepticismo instalado en la comunidad, tanto en el ámbito familiar como en el laboral, educativo, etc.; y fundamentalmente respecto a cada gobierno que asume con la ‘injustificada’ esperanza de que será mejor que el anterior, está directamente relacionado con el accionar malicioso de la hez política y la fraudulenta información que trasmiten los medios de prensa amarillista y mercenaria de todo estipendio.
Decía Nietzsche, parafraseando a Heráclito de Éfeso: “Casi todos los partidos han comprendido que para seguir existiendo les interesa que el partido opuesto no pierda fuerza; lo mismo cabe decir de la gran política. Una creación nueva, en especial, como el nuevo Reino, precisa más de enemigos que de amigos: sólo se siente necesario y sólo llega a ser necesario, frente a su antítesis”. (El ocaso de los ídolos – F. W. Nietzsche)
Creo que puede hallarse una pequeña pero no por ello menos importante muestra de nuestra realidad, cual es la de retroalimentar a la morralla kirchnerista para tener su contrapeso y «objetivo enemigo» bien definido. La ejecución político-judicial de C.F.K. no se llevaría a cabo porque, pese a todo, sigue siendo hasta ahora el factor convocante de las huestes no oficialistas; a menos que la anabolización de Moyano (Sénior), presumiblemente de la mano del macrismo, termine provocando el desplazamiento de la ex presidente del centro opositor, con lo cual el gobierno lograría algún beneficio de inventario con miras al 2019.
En conclusión, más que un dramático fatalismo, en nuestra Argentina necesitamos barajar y dar de nuevo. Continuar con esta verdadera felonía al seguir legando a nuestros descendientes esta abducción, cuya premisa mayor es la reprochable actitud del funcionariado y la menor un ilusorio hálito de esperanza, nos arrea al aprisco de la incertidumbre y nos termina introduciendo en estados severos de angustia y desesperación. 
Como digo, estamos sentados en la tribuna de una cancha de tenis – como narcotizados – mirando como oficialismo y oposición juegan con apabullante mediocridad un partido cuyo taquillaje (impuestos) pagado por los asistentes, excede exponencialmente las cualidades de los contendores. Ambos simulan mostrarse los dientes, protestan airadamente ante el umpire (juez); pero finalizado el match, mientras los espectadores se retiran mascullando su disgusto por la pobreza del espectáculo, los fingidos oponentes se reencuentran privadamente para degustar una buena y bien regada comilona a costa de los contribuyentes. A todo ello se le agrega el informe de la prensa que, según las necesidades políticas y electorales de los participantes, dibuja al mejor estilo amarillista, un esplendoroso partido poniendo los elogios más increíbles de alabanza a los tramoyistas.
La pregunta, generalmente más difícil de responder, por el alto contenido emocional que implica, es cuando un hijo adulto (35/45 años) interroga a su padre sobre qué ha hecho en su vida para que el país esté mejor; como si una golondrina hiciera verano.
Nuestra sociedad tiene características notorias; es pasional y extremosa; ambas son malas consejeras a la hora de hacer uso del buen criterio para buscar o proponer personas con probidad para la función pública.  
Seguimos sacando los candidatos del mismo nido, donde el «linaje político» continúa reproduciéndose endogámicamente y presentando similares características genéticas. Convengamos que el mundo perfecto sólo existe en algunos dogmas y en ciertas teorías probadamente inaplicables y/o insostenibles. Lo triste es que no aparecen en el horizonte personas distintas que – por lo menos – planteen cambios posibles y creíbles.
Lo que estamos viviendo en nuestro país no por ser consuetudinario debería dejar de preocuparnos. Hace ciento quince años (1903), el gran autor, compositor e intérprete de tangos y milongas Ángel Villoldo cantaba la milonga «Matufias» (o El arte de vivir), que así decía:

Es el siglo en que vivimos
de lo más original
el progreso nos ha dado
una vida artificial.
Muchos caminan a máquina
porque es viejo andar a pie,
hay extractos de alimentos
y hay quien pasa sin comer.

Siempre hablamos de progreso
buscando la perfección
y reina el arte moderno
en todita su extensión.
La chanchulla y la matufia
hoy forman la sociedad
y nuestra vida moderna
es una calamidad.

De unas drogas hacen vino
y de porotos café,
de maní es el chocolate
y de yerbas es el té.
Las medicinas veneno
que quitan fuerza y salud,
los licores vomitivos
que llevan al ataúd.

Cuando sirven algún plato
en algún lujoso hotel
por liebre nos dan un gato
y una torta por pastel.
El aceite de la oliva
hoy no se puede encontrar
pues el aceite de potro
lo ha venido a desbancar.

El tabaco que fumamos
es “habano pour reclam”
pues así lo bautizaron
cuando nació en Tucumán.
La leche se “pastoriza”
con el agua y almidón
y con carne de ratones
se fabrica el salchichón.

Los curas las bendiciones
las venden y hasta el misal
y sin que nunca proteste
la gran corte celestial.
Siempre suceden desfalcos
en muchas reparticiones,
pero nunca a los rateros
los meten en las prisiones.

Se presenta un candidato,
diputado nacional,
y a la faz de todo el mundo
compra el voto popular.
Se come asado con cuero
y se chupa a discreción
celebrando la matufia
de una embrollada elección.

Hoy la matufia está en boga
y siempre crecerá más
y mientras el pobre trabaja
y no hace más que pagar.
Señores, abrir el ojo
y no acostarse a dormir,
hay que estudiar con provecho
el gran arte de vivir.

«Nadie se desembaraza de un hábito o de un vicio tirándolo de una vez por la ventana; hay que sacarlo por la escalera, peldaño a peldaño». (Mark Twain)

 

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