ALTERNATIVA AL PODER

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Pese a haberse registrado un mesurado crecimiento del oficialismo en el porcentual de sufragios en las últimas elecciones legislativas del pasado mes de octubre, presuntamente como producto de la notoria ausencia de una alternativa al poder seria y creíble, y en coincidencia con el exacerbado repudio hacia la morralla kirchnerista; ello está presentando una imagen algo difusa del actual gobierno respecto de su futuro político en virtud de no haber un equilibrio a partir de un contralor de gestión apto y constructivo.

El intento de la resaca cristinista por consolidarse como ‘oposición’, no ha acabado naufragando en el retrete de las utopías, como era el deseo de la mayoría de los argentinos, precisamente porque por un lado tenemos a la ortodoxia justicialista que no termina de dar pruebas contundentes de su saneamiento luego de la prolongada infestación kirchnerista que la afectara al albergarse en el interior del partido las larvas monto-liberales que no hallaban dónde parasitar desde la expulsión concretada por Perón el 1º de mayo de 1974 y luego del fallido intento en el Fre.Pa.So., montando una alianza con el radicalismo en 1999; y por otro lado la atomización del arco político no oficialista, que han dado como resultado que – aún abominándolo – el cristinismo se alzó con un segundo lugar dejando al resto de los competidores en una posición extremadamente débil como para pretender erguirse en considerables antagonistas para el año 2019.
Pero hagamos un breve análisis de cómo se llega a esta instancia en un país pendular y abrumado por las constantes polarizaciones.
Nuestra historia nacional, más allá de las intencionalidades de adventicios  compiladores e interesados constructores de cronologías con tijeras y engrudo, nos cuenta que – en general -, cada vez que algún político amaneció con sus hormonas en efervescencia, promovió alguna acción sediciosa o, cuanto menos, desestabilizadora del gobierno de turno. Las causas, sólo Dios y los protagonistas las saben, lo nuestro, pese a ingentes esfuerzos intelectuales no pasa de ser pura especulación sobre las consecuencias conocidas.  
Citar ejemplos de tales atavismos llevaría incontables horas de aburrida repetición de similares sucesos con diferentes fechas y protagonistas.
Como decía Albert Einstein, “si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”, y el caso argentino es un devenir de análogos comportamientos políticos y económicos que – casi fatalmente – nos han conducido al mismo destino, que no es otro que la consecuencia casi calcada de lo acontecido en el transcurso de estos dos siglos.  
La inicial falta de experiencia libertadora justificaba de alguna manera los errores, porque se estaba en plena etapa de aprendizaje en un intento de sobrevivencia ulterior a tres largas centurias de dominación española. Pero seguir aplicando las mismas fórmulas dos siglos después ya no tiene razón posible, salvo para evidenciar una severa idiocia o una adhesión a intereses absolutamente reñidos con la voluntad ciudadana.  
Sólo el Justicialismo, i.e. aquel movimiento con su brazo político-partidario de honda raigambre nacional, es el único que estaría en condiciones de erigirse como el adecuado contrapeso ante el actual oficialismo.
Recordemos que desde 1945 en adelante, fue el canal de expresión de vastos sectores de nuestra sociedad que, de no haber mediado su presencia política y sindical, se hubiesen volcado hacia el comunismo pro-ruso que pugnaba por instalarse en América Latina a partir de la denominada ‘guerra fría’ y que hiciera eclosión con la revolución cubana y sus réplicas centro y sudamericanas.
No olvidemos la arrolladora campaña antiperonista ejercida casi desde el mismo nacimiento de este movimiento popular, que paradójicamente era considerado una piedra en el zapato para los planes anglo-estadounidenses en el cono sur, más aún que el propio comunismo que le servía como excusa perfecta para la nueva división internacional del trabajo operada desde la flamante Organización de las Naciones Unidas creada en USA a finales de la segunda guerra mundial (1939/45).
No ha sido casual que – pese a su aparente e irreconciliable enfrentamiento -, tanto Estados Unidos de Norteamérica como la URSS fueron (y lo siguen siendo) dos de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad, i.e. la mesa chica, del nuevo organismo supranacional con sede en Nueva York, (Los otros son el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, Francia y China), y que empezó a funcionar casualmente en 1946.              
El peronismo, a diferencia de la falangismo español, no adoptó la postura de sumisión ante USA y por ello éste sobrevivió hasta la muerte del ‘caudillo’ Francisco Franco Bahamonde en noviembre de 1975, mientras que el peronismo era derrocado dos veces (1955 y 1976) en el mismo período.
Los movimientos nacionales, tildados de ‘nacionalistas’ y declarados como tales en la post guerra 1939/45, no entraban en los planes de la nueva división global firmada en Yalta y ratificada en la O.N.U.; entonces era menester acabar con ellos, neutralizándolos y destruyéndolos desde adentro, en sus propios países y con sus propios instrumentos políticos y militares.
La Argentina no fue la excepción y el ataque sistemático al peronismo desde todo el arco político opositor (conservadores, comunistas, demócratas progresistas, socialistas, liberales, etc., aliados al efecto), más la prensa amarillista y mercenaria de todo estipendio, con el recién parido libelo del muñequito acarminado fundado en 1945 por el ex ministro bonaerense de la ‘década infame’, i.e. el socialista Roberto Jorge Noble; y el pasquín fundado por Bartolomé Mitre a la cabeza, minaron los cimientos peronistas y coadyuvaron a generar un accionar desestabilizador y golpista desde el mismo momento de la asunción de Juan Domingo Perón al gobierno en el mes de junio de 1946.
Que la dirigencia peronista cometió errores en los dos períodos gubernativos, i.e. 1946/55 y 1973/76, no hay dudas, porque siempre que se es oficialismo existe ese riesgo latente y hay que lidiar con los adulones y alcahuetes internos y con los querulantes y depredadores externos.
Como toda ideología, a través de la historia del mundo civilizado, ha tenido, además de su creador original, sus intérpretes, quienes no siempre han aplicado el buen criterio para entender el mensaje. Nunca mejor expresado por el pensador alemán cuando dijo “Hasta que el texto desapareció bajo la interpretación”. (F. W. Nietzsche – “Más allá del bien y del mal” – 1886).
Muerto el presidente Perón el 01/07/1974, su vicepresidente (y esposa) María Estela Martínez, que en las elecciones de septiembre de 1973 había sido su compañera de fórmula presidencial, más por su lealtad que por sus aptitudes personales y políticas, no tuvo el temple ni el acompañamiento necesario para sostenerse en el gobierno hasta finalizar el período (1979), siendo derrocada el 24 de marzo de 1976, por una coalición sediciosa integrada por todo el arco político antiperonista, incluidas la Iglesia, la prensa en general, la cúpula de las FF.AA., la corporación empresarial, los  sobrevivientes de las conducciones de las organizaciones terroristas y demás excretas subversivas; todos ellos acicateados por los incansables operadores del Departamento de Estado norteamericano.
Si hoy observamos y analizamos con detenimiento, a la Argentina como nación no le conviene seguir ampliando esta fisura política múltiple que desangra al cuerpo social en estériles enfrentamientos.
Esta situación, de no mediar algo de cordura, se irá acentuando con el correr del tiempo en razón del ostensible crecimiento del personalismo y vedetismo de cualquier ignoto improvisado que espeta un discurso persuasivo y convocante, ante la notoria ausencia de los partidos políticos como instituciones republicanas canalizadoras del pensamiento ciudadano.
La crisis de representatividad está a la vista y uno de sus generadores es el sistema electoral actual – producto de la reforma constitucional menemista/alfonsinista de 1994 – que, por sus características, permite lisa y llanamente que sean la ciudad de Buenos Aires, el conurbano bonaerense y las provincias de Santa Fe, Córdoba, Entre Ríos y La Pampa las que definan la fórmula presidencial que gobernará la nación durante cuatro años, con más de 17 millones de votos.   
El resto del país, además de la mayoría de bienes y servicios, aporta al poder legislativo algunos diputados de menor cuantía a la hora de expresarse en la manzana del oprobio, la mayoría de ellos elegidos por partidos provinciales sin proyección nacional. Mientras la pampa húmeda suma 146 diputados el resto del país sólo llega a 111, y esa diferencia pesa sustancialmente a la hora de imponer mayorías parlamentarias.
Los Senadores, por otra parte, representan a cada uno de los gobiernos de los veinticuatro distritos, siendo elegidos en forma directa dos por la primera minoría y uno por la segunda, cosa de suyo absolutamente ridícula en razón de que el tercer legislador, más por su origen partidario que por propia convicción, termina siendo, en general, un obstáculo para las políticas de los gobiernos provinciales.
El mejor ejemplo y el más actualizado es el de la provincia de Buenos Aires, donde habiendo ganado la Alianza Cambiemos proporciona dos senadores y la hez cristinista mete a la indeseable C.F.K. en la cámara alta.
Convengamos que este gobierno nacional no las tiene todas consigo, porque además de tener un palo en la rueda con el residual K, debe negociar (¿?) con el massismo que hoy está, mañana no y pasado quien sabe, que alguna vez termina favoreciendo alguna descabellada propuesta de la izquierda recalcitrante y retroalimentando al forúnculo acarminado y sus larvas parlamentarias.
La Argentina, siendo un país de 45 millones de habitantes, no debería tener más de tres o cuatro partidos políticos a nivel nacional, los que aún en la disidencia, apunten a desarrollar políticas de Estado de mediano y largo plazo no neutralizables por cada gobierno que se instala en Balcarce 50 y suma voluntarismos en la manzana del oprobio.
“No se puede pintar la Mona Lisa asignando un poco de pintura a mil pintores”. (Sir John Emerich Edward Dalberg-Acton  1834-1902)

 

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