OPOSICIÓN versus EQUILIBRIO

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¿Qué significa oposición?; según el diccionario de la Real Academia Española, quiere decir: Contrariedad o antagonismo entre dos cosas ║ Conjunto de grupos o partidos que en un país se oponen a la política del Gobierno o al poder establecido ║ En los cuerpos legislativos, minoría que habitualmente impugna las actuaciones y propuestas del Gobierno”.
¿Qué significa equilibrio?; según el mismo diccionario, quiere decir: “Acto de contemporización, prudencia o astucia, encaminado a sostener una situación, actitud, opinión, etc., insegura o dificultosa ║ Contrapeso, contrarresto o armonía entre cosas diversas ║ Ecuanimidad, mesura y sensatez en los actos y juicios”.

Dicho lo cual, provoca cierta indignación escuchar a algunos perdedores en las elecciones legislativas del 22 de octubre pasado, jactándose de ser «la única» o «la verdadera oposición», como si ser opositor constituyese una institución política en sí misma.
Sepan los lectores que la primera y única vez que aparece la palabra «oposición» en la Constitución Nacional es a partir de la reforma menemista de 1994 (Pacto de Olivos por medio), que en su Artículo 85 – donde se establece la creación de la Auditoría General de la Nación -, expresa:… “El presidente del organismo será designado a propuesta del partido político de oposición con mayor número de legisladores en el Congreso”.
A fuer de ser preciso, considero que en lugar del término “oposición” debió haberse hecho referencia al partido políticono oficialista” con mayor número de legisladores. En fin, uno de tantos términos equívocos que presenta nuestra Carta magna.
Pero volviendo a las expresiones cada vez menos felices de los grandes fracasados, la primera de todas ha sido la de la devaluada reina sin corona, i.e. Ketamina Fernández de Kirchner, quien – haciendo referencia a su agrupación – ya anunció que “los argentinos eligieron qué modelo de oposición quieren” como intentando justificar y potenciar el cúmulo de abominaciones y futilidades con que se ha desenvuelto, desde 2015 a la fecha, el residual K bullente en la manzana del oprobio.
En la mayoría de los distritos donde los ‘K’ entraron segundos cómodos, estos fallidos, como auténticos epígonos de la cleptómana platense devenida en patagónica, repitieron la misma frase disonante, como presagiando un retorno exitoso en 2019.
Esta aciaga y vulgar líder de una organización mafiosa, que supo cautivar voluntades políticas, sindicales y empresariales a través de la dádiva y de la extorsión, considera que encontrará el campo orejano para continuar – con su atropello consuetudinario – denostando al oficialismo gobernante y hasta a sus propios aliados y secuaces de otrora, buscando adeptos para una nueva aventura panaderil y circense, al mejor estilo del arrebolado caribe castro-chavista.
Ésta aviesa, es la misma pérfida que osó opinar sobre el hipotético vínculo entre el accionar de la Gendarmería Nacional y la desaparición del ocasional artesano pro mapuche, buscando arrostrar la responsabilidad al gobierno, como un artilugio más de su deplorable campaña electoral; siendo que ella misma se hallaba a cargo de la presidencia de la nación cuando tomó estado público el “Proyecto X” llevado adelante por esa fuerza de seguridad – comandada entonces por el Cte. Gral. Héctor Bernabé Schenone (2012) -, donde su área de inteligencia realizaba tareas de espionaje interno sobre distintos actores sociales, entre ellos, miembros de otros partidos políticos no oficialistas, violando específicamente la Ley de Seguridad Interior (Ley Nº 24059 de Seguridad Interior y su Dto. Reg. 1273/92).
Al hablar de “oposición” se está adoptando a priori una postura intransigente, cuasi oposicionista, más acorde a la de un enemigo en la guerra que a la de un eventual disidente del pensamiento oficial.   
Son tan energúmenos estos simuladores de legisladores, que muchos de ellos se yerguen – desde el primer día de asumir en la manzana del oprobio – como una especie de máquina trituradora de todo proyecto proveniente del gobierno. Y ¡cuidado! que a algún legislador propio se le ocurra evidenciar alguna empatía con sus pares oficialistas, porque automáticamente es denigrado y puesto a la altura de un infame traidor a la causa.
Sin dudas que – en general – domina el espíritu no oficialista la hipoacusia propia de la soberbia de los ignorantes y enceguecidos por su desdén ante quien consideran su enemigo, respondiendo a un mandato único originado en una exigua minoría dirigente en su organización política original.
Esto me trae a la memoria cuando en mis años de docente en la escuela media, los alumnos de los distintos cursos – llenos de expectativas e ideas innovadoras -, elegían entre sus compañeros a su delegado para llevar la voz de los educandos ante las autoridades de la escuela y terminaban convertidos en los heraldos de los docentes sindicalizados o de los directivos.
Similar situación se da en el sindicalismo doméstico, cuando la dirigencia gremial se alía a los partidos políticos en boga y se olvidan de que deben representar a una masa trabajadora que está integrada por un enorme abanico de ideologías, que incluyen hasta apolíticos.
A partir de allí «los presuntos representantes de las bases» se convierten en los voceros de una burocracia sindical teñida de ideologías obsoletas, dejando de proteger los derechos de quienes los eligieron e imponiéndoles el mensaje uniformador de la dirigencia cual si fuesen huestes al servicio de extorsionadores profesionales.
Se ha perdido de vista la esencia de la génesis propia de una asociación gremial para convertirla en el brazo sindical de un partido político, generalmente acarminado.
Uno de los motivos, lo podemos extraer del pensamiento de José Ingenieros, cuando afirma: “La pobreza impone el enrolamiento social; el individuo se inscribe en un gremio, más o menos jornalero, más o menos funcionario, contrayendo deberes y sufriendo presiones denigrantes que le empujan a domesticarse”, (de «El hombre mediocre»).
Hagamos memoria y recordemos que desde los mismos albores de la patria, lo que dio en denominarse «oposición», no era otra cosa que algún grupúsculo de revanchistas poniendo aviesa y sistemáticamente palos en la rueda y obstaculizando cuanto proyecto del gobierno se pergeñara, en el mejor de los casos; y/o alentando a algún mesiánico con delirios de poder a encabezar algún golpe sedicioso cívico-militar en el peor. Poner los más altos intereses de la nación por encima de las mezquindades personales y/o facciosas, buscando consensos en beneficio del país, nunca formó parte de su ideario.
La internalizada costumbre de sufrir en la Argentina la alternancia entre mediocracias y dictaduras cívico-militares, ha calado tan profundo en el carácter de la ciudadanía, que la misma se ve incesantemente inducida a optar entre posiciones radicalizadas.
A priori, para los argentinos, todo es blanco o negro; hablar de matices ha sido una aventura imposible, casi utópica, de los grandes pensadores autóctonos, más aun cuando el espectro intelectualoide toma partido por una u otra opción, banalizando cualquier intento de conciliación superadora en mérito de una mejor solución.
Así aconteció entre patriotas y realistas, federales y unitarios, rosistas y antirrosistas, provincianos y porteños, institucionalistas y golpistas, autonomistas y nacionalistas, radicales y conservadores, personalistas y antipersonalistas, peronistas y antiperonistas, y, en las últimas décadas, corruptos e hipócritas, i.e. aquellos que se pasan la vida pontificando sobre el deber ser, tras del cual intentan ocultar sus propios vicios; el viejo refrán dice que “el ladrón ve a todos de su misma condición”. El fariseísmo es a la política lo que la osadía a la adolescencia, un componente esencial a su propia idiosincrasia.
Decía en 1790 el pensador irlandés Edmund Burke, refiriéndose a la formación de la Asamblea Nacional en Francia, luego del golpe del 14 de julio de 1789: …Pero ninguna denominación, ni poder, ninguna función ni institución artificial, sea cual fuere, puede hacer que los hombres, llamados a componer un sistema cualquiera de autoridad, sean diferentes de lo que los han hecho Dios, la naturaleza, la educación y los hábitos de la vida. Los pueblos no pueden dar poderes que se extiendan más allá, y aunque la virtud y la sabiduría pueden ser objetos de su elección, esta elección no da virtud ni sabiduría a aquellos a quienes consagran con la imposición de sus manos. Los pueblos no están formados por la naturaleza para conferir un poder semejante, ni tampoco se les ha prometido por la revelación”, (de Reflexiones sobre la revolución en Francia).
El poder legislativo es considerado el más relevante dentro de las instituciones republicanas en un Estado de derecho. Sus miembros deben ser la voz del pueblo de la nación (diputados) y de cada Estado provincial (senadores); cuestión muy diferente a ser sólo la voz del partido o agrupación política a través de los cuales arribaron a la manzana del oprobio.
Hace un siglo, cuando los medios de difusión eran escasos, muy precarios y, por lo tanto, poco eficaces, y la pre alfabetización aún dominaba la escena popular, los diputados se arrimaban esporádicamente a los comités partidarios o se valían de los “correveidile” como receptores de los presuntos reclamos de la misma población.
Esto después se fue acotando a los períodos preelectorales y, en los últimos años, ante la licuación concreta de los partidos políticos como canales de expresión ciudadana de las ideas, los legisladores se han abroquelado en el Congreso sólo a recibir órdenes de su gobierno (los oficialistas) y de los gestores que operan tras el sello de goma partidario los no oficialistas, único símbolo residual del otrora “partido institución de representación política legal”.
Lo peor de todo es que en pleno siglo XXI, con los enormes avances en las comunicaciones producidos por la proliferación de los medios ad hoc, paradójicamente se ha circunscripto la relación comunicacional entre el pueblo (y sus necesidades básicas), y las instituciones de gobierno, a la expresión interesada de la prensa y sus adláteres, i.e. las encuestadoras rentadas por las diversas corporaciones en pugna.
Ya los “representantes del pueblo” no buscan siquiera trasladarse a sus ciudades de origen, simplemente se dedican a hacer explotación de prensa y presuponer que las opiniones vertidas en la misma son veraces y justifican sus acciones legislativas, sin tomar en consideración que lo que se puede aprehender en la prensa amarillista y mercenaria de todo estipendio, es opinión interesada del plumífero o de su editorial, pero escasas veces la verdadera imagen de la realidad.  
La tarea de la organización jurídica de la nación parece haberse simplificado en extremo a partir de la convicción (convenientemente aceitada) de los legisladores de tomar la presunta «opinión pública» hilvanada por el periodismo y sus adláteres, de las cuales se nutren para afirmar como auténtica la simple opinión personal de panelistas mediáticos con beneficio de inventario y de gacetilleros mesnaderos al servicio de las corporaciones dominantes.
Dice Bourdieu: … Pero los periodistas que invocan las expectativas del público para justificar esta política de simplificación demagógica (en todo punto contraria al propósito democrático de informar, o de educar divirtiendo) no hacen más que proyectar sobre él sus propias inclinaciones, su propia visión; particularmente cuando el temor de aburrir les induce a otorgar prioridad al combate sobre el debate, a la polémica sobre la dialéctica, y a recurrir a cualquier medio para privilegiar el enfrentamiento entre las personas (los políticos, en particular) en detrimento de la confrontación entre sus argumentos, es decir, lo que constituye el núcleo fundamental del debate: déficit presupuestario, reducción de los impuestos o deuda externa. Dado que lo esencial de su competencia consiste en un conocimiento del mundo político basado más en la intimidad de los contactos y las confidencias (e incluso de los rumores y los cotilleos) que en la objetividad de la observación o la investigación, son propensos, en efecto, a circunscribirlo todo a un terreno en el que son expertos, y están más interesados por el juego y los jugadores que por lo que está en juego, más por las cuestiones de mera táctica política que por la sustancia de los debates, más por el efecto político de los discursos en la lógica de! campo político (la de las coaliciones, las alianzas o los conflictos entre personas) que por su contenido (a veces incluso llegan a inventarse y a imponer a la discusión meras cortinas de humo…”, (de “Sobre la televisión” de Pierre-Félix Bourdieu 1930-2002)
En síntesis, el ambiente más adecuado para elaborar las normas jurídicas no puede ni debe ser otro que aquel donde prive el “equilibrio” entre los 257 diputados y entre los 72 senadores. Nuestro país es demasiado pequeño y gobernable como para tener que seguir soportando, además de las habituales extorsiones de las corporaciones extra-gubernamentales, el boicot sistemático de los miembros de unos bloques legislativos sobre otros para obtener vaya a saber qué ventajas.
La sanción de las leyes que mejoren superlativamente la organización nacional no puede ser producto de victorias pírricas. Para ello, cada legislador deberá entender que, independientemente de la agrupación política a través de la cual ha llegado a su banca, representa al pueblo o al Estado provincial de origen, y a ellos debe el “honor” de haber sido investido con semejante responsabilidad. No es a su partido a quien debe rendir cuentas, sino a la soberanía del pueblo de la nación que le ha dado el mandato con su voto.
El riesgo a que se ven sometidos los legisladores que intentan llevar a cabo su cometido de acuerdo al buen criterio y en cumplimiento de las normas constitucionales, es más alto por la acción de sus pares que por los motivos por los cuales se instituyeron los fueros parlamentarios.
En general, la carencia de ideas, la licuación de valores, el egotismo y la egolatría recurrentes como medio de desarrollo del autobombo, con más la exaltación de su endogamia sistémica, y el error de creer que el cargo o función los enaltece, cuando en realidad es a la inversa, hace que estos cubicularios compitan entre ellos por ser más papistas que el Papa, y no por desempeñar adecuadamente su función legislativa.
La derogación de la Ley 25320 de Fueros debería ser un imperativo del congreso nacional, ya que con el Art. 68 de la Constitución Nacional basta y sobra para garantizar inmunidad por su accionar legislativo. Los artículos 69 y 70 de la C N deberían ser eliminados por ser obsoletos y obstruccionistas de cualquier proceso judicial violando el principio de igualdad ante la ley.
Por último, permitir el acceso a una banca en el Congreso a personas «procesadas» i.e. imputadas con, por lo menos, semi plena prueba, por delitos tipificados en el Código Penal de la Nación es una forma elegante de encubrimiento corporativo.

“Mas cuando los jefes se complacen en disputarse a porfía la popularidad, sus talentos no serán útiles en manera alguna para componer un Estado: serán aduladores y no legisladores; serán los instrumentos y no los directores de pueblo. Si sucede que alguno de ellos proponga un plan de libertad razonable y justa, será inmediatamente competido por otro de sus rivales que presentará otro proyecto más espléndidamente popular. Se tendrá por sospechoso al que se mantenga fiel a sus principios; la moderación será tildada como la virtud de los cobardes, y la elección de los términos medios como la prudencia de los traidores, hasta que un jefe popular, bajo la esperanza de asegurar el prestigio que puede serle útil en ciertas ocasiones, se vea obligado a propagar con actividad unas doctrinas, y establecer unos poderes que destruyan en seguida las disposiciones de moderación a que podría haberse inclinado”. Edmund Burke – 1729-1797
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