CUANDO EL REMEDIO PUEDE CONVERTIRSE EN OTRA ENFERMEDAD

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Cuando el remedio puede convertirse en otra enfermedadMillones de argentinos en noviembre de 2015 apostaron a terminar con la segunda «década infame» de nuestra historia, plasmando en las urnas el clamor de cambio ante el avance arrollador, impune y perverso de una facción enancada en el más nacional movimiento político de toda nuestra historia luego del compuesto por el puñado de verdaderos revolucionarios de Mayo de 1810.

Dado que no había sido posible la aniquilación del peronismo como ideología, pese a los cruentos golpes sediciosos y a la incesante y cáustica prédica de una prensa amarillista y mercenaria de todo estipendio, encabezada por el diario del muñequito acarminado; se procedió a infiltrarlo con toda la resaca pro-marxista doméstica que no hallaba lugar donde proyectar sus veleidades seudo ideológicas, dando como resultado el forúnculo Montonero en las asentaderas del Movimiento Nacional Justicialista.
Sin dudas, el peronismo no tardó en generar sus propios anticuerpos y, con los principales sindicatos a la cabeza (62 organizaciones), poco a poco fue exudando a esta banda de terroristas parasitados a la sombra del peronismo.
Como este proceder entre 1968 y 1976 no dio los resultados esperados por el Departamento de Estado de USA, gestor intelectual del golpe del 24/03/1976 y sus consecuencias, no tardaron los ex montoneros – entre 1989 y 1999 -, en devenir en seudo demócratas – siempre con sus artilugios de fanáticos extremosos a cuestas -, pero no ya en el papel de reivindicadores de la revolución castro-allendista, sino como una banda de asaltantes del poder, cuasi dictatoriales y ladrones, autodenominados “kirchneristas”, todos encolumnados tras la figura del Alí Baba santacruceño y sus cuarenta burócratas.  
Huelga recordar los acontecimientos entre 2003 y 2015, no sólo por su extensión temporal sino también por lo abultado del accionar mafioso y demagógico del funcionariado amuchado en la CABA y en las filiales provinciales y municipales. Obviamente con el beneplácito (omisorio) de aquellos que simuladamente se hacían pasar por “peronistas ortodoxos” y su correlato entre los pescadores de río revuelto y abonados mediáticos.
Luego del cúmulo de ilegalidades manifiestas producidas en la última década, adicionadas a la abultada lista vigente desde la sanción de la Constitución de 1853, – incluyendo los maquillajes hipotéticamente modificatorios que, en realidad, nunca apuntaron a una modernización seria, profunda y absolutamente necesaria de nuestra ley fundamental -, muchas acciones consideradas fuera de la ley o severamente agraviantes a los más elementales derechos humanos no declamados, por los usos y costumbres, terminaron convirtiéndose en habitualidades, es decir, naturalizándose.
Tanto ha ido el cántaro a la fuente, que la rotura de ésta ha producido un derrame de inmoralidad tal, que ha colocado a la «honestidad» al nivel de una atesorada virtud.
Estos excesos han horadado a tal punto el equilibrio emocional y ético de nuestra sociedad en la última centuria, que la misma se ha convencido de que cualquier exceso debe ser tolerado, lo que se ha traducido en digerir la desmesura, tanto de las palabras como de los hechos.  
A tal extremo hemos arribado, que el exhibir a la honestidad como una virtud es un auténtico fracaso de la alianza Cambiemos y un severo llamado a la reflexión de la ciudadanía. Sólo es aceptable el vanaglorio de la honestidad personal cuando se forma parte de una sociedad sumida en una mediocridad deplorable y una amoralidad explícita.
Es cada vez más frecuente escuchar a ancianos relatar que en su niñez con la “palabra” bastaba. Hoy la permeabilidad en el tejido social causada por las grietas producidas por las corporaciones en pugna (partidos políticos, sindicatos e Iglesia) ha concluido en una sicosis generalizada frente a, tan siquiera, el menor atisbo de engaño. Si a ello le agregamos la insidia permanente de los medios de comunicación cerramos el perfecto círculo vicioso del miedo.  
A todo esto, el gobierno nacional sigue haciendo de la ‘honestidad’ una bandera, sin comprender que no basta con considerarla la contracara del régimen recientemente depuesto a través de las urnas, sino que debe volver a ser una actitud de vida espontánea del ser nacional.
Fuera de esta importante consideración, entiendo que hay mucho que hacer para poner al país de pie detrás de un proyecto nacional serio y posible, – que hoy no está escrito sino improvisado -, en lugar de estar lamentándose de la herencia recibida de la cual debería encargarse la JUSTICIA, si es que aún existe, aunque más no sea un retoño sano para dar vida a una nueva generación de justicieros.  
También hay que entender que la paulatina sindicalización de todas y cada una de las corporaciones que disputan los espacios de poder en la Argentina, no contribuye en manera alguna a la paz social; la exacerbación de los intereses corporativos por encima de los de la patria, no hacen más que fraccionar y consecuentemente enfrentar a estas facciones, neutralizando a priori cualquier proyecto nacional.  
A todo este pandemonio hay que sumarle el accionar del Cuarto Poder que en el último siglo y medio se ha convertido en la quinta columna de los intereses espurios de abyectas minorías cleptocráticas.   
Aún no se silencian los tambores de la campaña electoral de 2015, cuando ya resuenan en el ambiente las trompetas anunciando las elecciones legislativas de medio término, y el funcionariado oficialista abandona las tareas para las cuales ha sido elegido o designado por los mandatarios para dedicarse a una nueva elección.
Es sabido que para las campañas electorales están los partidos políticos y sus operadores mediáticos, por lo tanto es una falta de respeto a la ciudadanía abandonar las funciones gubernativas para buscar ventajas sobre los ocasionales adversarios.
No hay duda de que los partidos políticos han perdido su esencia, aquella donde los cuadros aportaban ideas y proyectos que después se plasmaban en las plataformas electorales, siendo los candidatos los últimos en designarse.
Hoy se han convertido en simples formalidades que sólo sirven para cumplir con la ley electoral y catapultar a minúsculos grupos de ambiciosos a los círculos de poder.
La mejor de todas las campañas es aquella donde el gobierno puede mostrar sin reservas ni simulacros todo lo realizado y aquello que efectivamente se encuentra en vías de realización. Ello ya le da suficiente letra al punteraje para acicatearse en cualquier misión electoralista.
Como ya he expresado en otras oportunidades, parafraseando a Perón, «mejor que decir es hacer, y mejor que prometer es realizar»; ergo, Señor Macri, deje de hacer turismo político y sólo súbase a un aeroplano cuando la misión no pueda ser confiada o llevada a cabo por un subalterno. Para ello tiene a sus embajadores y sus encargados de negocios en las legaciones argentinas en el exterior. Su lugar es aquí administrando la nación y resolviendo los problemas al estar en contacto directo con los mismos.
No es inaugurando metrobuses en la provincia, (cosa que corresponde a gobernador e intendente), como mejorará, de ser necesario, su imagen, sino tomando decisiones trascendentales, como la generación de empleo y la neutralización de las mafias sindicales que en el fondo aniquilan la mayoría de las posibilidades de radicación de capitales productivos, no especulativos.
Escribía Juan Pablo II: “Los justos esfuerzos por asegurar los derechos de los trabajadores, unidos por la misma profesión, deben tener en cuenta las limitaciones que impone la situación económica general del país. Las exigencias sindicales no pueden transformarse en una especie de “egoísmo” de grupo o de clase, (…).
En este sentido la actividad de los sindicatos entra indudablemente en el campo de la “política”, entendida esta como una prudente solicitud por el bien común. Pero al mismo tiempo, el cometido de los sindicatos no es “hacer política” en el sentido que se da hoy comúnmente a esta expresión. Los sindicatos no tienen carácter de “partidos políticos” que luchan por el poder y no deberán ni siquiera ser sometidos a las decisiones de los partidos políticos o tener vínculos demasiado estrechos con ellos. En efecto, en tal situación ellos pierden fácilmente el contacto con lo que es su cometido especifico, que es el de asegurar los justos derechos de los hombres del trabajo en el marco del bien común de la sociedad entera y se convierten en cambio en un instrumento para otras finalidades”. (…) Actuando en favor de los justos derechos de sus miembros, los sindicatos se sirven también del método de la “huelga”, es decir, del bloqueo del trabajo, como una especie de ultimátum dirigido a los órganos competentes y sobre todo a los empresarios. Este es un método reconocido por la doctrina social católica como legítimo en las debidas condiciones y en los justos límites. (…) Admitiendo que es un medio legítimo, se debe subrayar al mismo tiempo que la huelga sigue siendo, en cierto sentido, un medio extremo. No se puede abusar de él; no se puede abusar de él especialmente en función de los “juegos políticos”. Por lo demás, no se puede jamás olvidar que cuando se trata de servicios esenciales para la convivencia civil, estos han de asegurarse en todo caso mediante medidas legales apropiadas, si es necesario. El abuso de la huelga puede conducir a la paralización de toda la vida socio-económica, y esto es contrario a las exigencias del bien común de la sociedad, que corresponde también a la naturaleza bien entendida del trabajo mismo”. (1)
Lamentablemente el episcopado nacional, – que debería releer las encíclicas “Rerum Novarum” (León XIII) y “Laborem Exercens” (Juan Pablo II),  al igual que los políticos y sindicalistas, sólo ostentan hoy su condición de avestruces, saben correr y, eventualmente, esconder su cabeza, baten las alas para aparearse (con sus eventuales compañeros de ruta), pero no pueden volar.
Su cortedad expuesta en su visión de la inmediatez hace que no tengan siquiera el valor de reconocer sus errores cuando plagan sus existencias con el pensamiento corto que orla sus acciones.
Por otra parte los legisladores nacionales no pueden seguir siendo una cáfila de burócratas asalariados que no generan siquiera proyectos de mediano y largo plazo, sólo son grupos de obedientes cumplidores de órdenes, i.e. levanta-manos al servicio del mayoral de su gregal, ya ni siquiera de su partido, de hecho convertido en un sello de goma.
Escribía José Ingenieros: “Los serviles merodean por los Congresos en virtud de la flexibilidad de sus espinazos. Lacayos de un grande hombre, o instrumentos ciegos de su piara, no osan discutir la jefatura del uno o las consignas de la otra. No se les pide talento, elocuencia o probidad; basta con la certeza de su panurguismo (Habilidad, truhanería). Viven de luz ajena, satélites sin color y sin pensamientos, uncidos al carro de su cacique, dispuestos siempre a batir palmas cuando él habla y a ponerse de pie llegada la hora de una votación.
En ciertas democracias novicias, que parecen llamarse repúblicas por burla, los Congresos hormiguean de mansos protegidos de las oligarquías dominantes. Medran piaras sumisas, serviles, incondicionales, afeminadas; las mayorías miran al porquero esperando una guiñada o una seña. Si alguno se aparta está perdido; los que se rebelan están proscritos sin apelación”. (2)
Señor Presidente Macri, no siga cayendo en los mismos errores que sus predecesores, que hicieron de la dádiva un culto, quitándoles la dignidad a muchos argentinos de ganarse el sustento con su propio esfuerzo laboral.
En una sociedad como la nuestra, a la cual se la ha persuadido de que estudiar y especializarse no mejoraba las posibilidades de tener un trabajo de calidad; a lo que se ha agregado la pauperización de la escuela media con títulos que no acreditan conocimientos reales, salvo para el conformismo de los docentes que dictan sus clases, por lo tanto, nuestros jóvenes tienen un destino incierto; y la debacle de los estudios superiores iniciada con las mentadas universidades nacionales y populares del “tío Cámpora” en 1973 y su consecuente agravamiento con la posterior aparición, como los hongos después de la lluvia, de un sinfín de presuntas casas de altos estudios para tentar a los jóvenes desocupados con mentidas salidas laborales rentables en el corto plazo y apropiarse del negocio de la enseñanza privada.
Sin Proyecto Nacional no hay proyecto educativo, no hay desarrollo productivo ni salida de la condición de “país emergente” como suelen motejarnos los dueños del poder económico, y por ende político y militar, que lideran el mundo y que establecen las normas en la división internacional del trabajo y las puniciones ante los incumplimientos.
No hace falta adscribir a ideologías políticas foráneas de cualquier orden, que no han hecho más que ponernos a caminar sobre clavos con botas de potro y en la fila de los mendigos.
No somos una nación que haya sufrido constantes conflictos bélicos con otros países; mucho menos en nuestro territorio continental, por lo que no hemos conocido en versión criolla las consecuencias de esas catástrofes. No somos China, ni Vietnam, ni aquellos países de detrás de la cortina de hierro, que paradójicamente hoy muchos de ellos gozan de mejor salud política y económica que nosotros.
No somos un país petrolero, sólo tenemos petróleo para consumo interno (y cada vez menos y más caro); no somos un país industrial, sólo tenemos industrias para satisfacer, a medias, nuestras necesidades básicas y exportar; eso sí, somos un país agrícola-ganadero donde curiosamente el 80% de la población se amontona en 10.000 km2 (3400 hbs x km2),  estando yermo el 75% del territorio continental nacional. La Patagonia argentina que incluye las provincias de La Pampa, Río Negro, Neuquén, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego, tiene en total una superficie de 933.000 km2, con una población estimada – al 2016 – de 3.000.000 habitantes (3,22 hbs x km2).
Este es el país de los desequilibrios, de la no soberanía territorial, de la liviandad mendicante del cuentapropista en los grandes conglomerados urbanos, (que es muy conveniente a la hora de la campaña electoral y del recuento de votos), del domesticamiento a cambio de expectativas que terminan siendo resignadas por la moneda para la sobrevivencia.
Su estentóreamente anunciada pobreza cero, es una utopía frente a la cual el mismo Thomas More se escandalizaría, recuerde que de ella se sirve la política, la burocracia sindical y la Iglesia.
El combate al narcotráfico, otra fantasía que ni siquiera los países más poderosos del planeta han logrado erradicar y sólo han morigerado sus consecuencias cambiando figuritas – como la DEA -.
Unir a los argentinos después de dos siglos de luchas intestinas es una tarea ciclópea. Sólo el enfrentamiento con un enemigo común podría lograr esa unidad, pero aun así sería sólo transitoria. Nosotros no somos una de las grandes potencias, que permanentemente tienen o se buscan un enemigo externo y con ese opio mantienen alineados a sus habitantes. Ni siquiera las luchas por la independencia de España, la guerra con el Imperio del Brasil, la guerra con el Paraguay (Triple Alianza) o la del Atlántico Sur lograron unificar a los argentinos. Siempre hubo quienes sabotearon esa unidad, aún en esos casos extremos. Mucho más todavía en los encolumnamientos detrás de algún partido político nacional o de alguna de las religiones tradicionales. 
No siga alimentando a una oposición que no está dispuesta a aceptar de buena fe algún cambio propuesto por el gobierno, y mucho menos aquellos que son anunciados por legos sin convicción. Está claro que en la Argentina no hay opositores, sólo “oposicionistas” y estúpidos descerebrados por un estéril espíritu revanchista.   
En definitiva, no vaya a ser cosa de que en su afán de mostrar un hipotético purismo pontificador, termine entrampado en sus propias indefiniciones y deje el país a merced de la vieja y repudiada cleptocracia kirchnerista y de sus aliados no declarados, como el FR, el GEN, los hermanitos ‘macana’ de San Luis y el cretinismo trotskista.
 
“Un caballero se avergüenza de que sus palabras sean mejores que sus hechos”.
Miguel de Cervantes Saavedra – (1547-1616)
 
(2) “El hombre mediocre” – José Ingenieros – 1913
(1) “Carta Encíclica «Laborem Exercens» – Juan Pablo II – 1981

 

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