“DÍA DE LA SOBERANÍA” 1845 – 20 de noviembre – 2016

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bandera-confederacion-1840Convengamos que en nuestro caso, la fecha se halla referida a los acontecimientos desarrollados el 20 de noviembre de 1845 durante el sitio naval/fluvial a que fuera sometida la Confederación Argentina por parte de la flota anglo-francesa, que derivara en el mentado «Combate de la Vuelta de Obligado», cuya máxima figura fue el General Lucio Norberto Mansilla.

Lo realmente grave, fue que después de las pérdidas en vidas y bienes de nuestros compatriotas que defendieron y protegieron con lealtad y patriotismo el intento de entrada de los colonialistas europeos al río Paraná, aliados con el Imperio del Brasil, seis años más tarde se produce la traición a la patria en Caseros (3/2/1852), y Urquiza, el gran traidor de la Confederación, pisotea nuestra soberanía y firma – como Presidente – acuerdos con el Imperio del Brasil (aliado incondicional de Gran Bretaña), entregando el territorio paraguayo y dando libre navegación de los ríos Paraná, Uruguay y Paraguay al Imperio. (Ver Ley Nº 65 y Ley Nº 172). En fin, las cosas oscuras de nuestra historia.
¿Por qué todavía hoy se habla de ‘soberanía’ cuando en realidad dicha condición no se registra en Estado formal alguno en todo el planeta?
Ni aún los países que entre los siglos XVI y XIX fueron las grandes potencias colonialistas con sus sometimientos a sangre y fuego, puede decirse que en la actualidad posean una soberanía real.
El entramado socio-económico que se fue generando a partir del cambio de la matriz política promovida por las consecuencias del proceso francés de fines del siglo XVIII, hizo que las grandes potencias dominantes terminasen siendo aquellas que detentasen el mayor poderío económico y, simultáneamente, el poderío militar para proteger al primero.
Hoy, los Estados Unidos de América del Norte en América, China en Asia y la Comunidad Económica en Europa son quienes han asumido este último rol, aun sin ostentar la mentada soberanía.
Los únicos Estados que guardan cierta soberanía sobre sí mismos son los que impusieron sus condiciones político-militares en la última gran contienda internacional entre 1939 y 1945. Tras de ellos se alinearon todos los países que fueron sumándose como miembros de la gran escribanía denominada ONU (Organización de las Naciones Unidas), i.e. el gran invento aliado para resolver cualquier cuestión litigiosa en favor de los primeros y mantener domesticados al resto.
La anterior experiencia de la Sociedad de las Naciones, el otro engendro aliado de 1919, posterior a la primera gran guerra (1914/18), que no había brillado por sus éxitos ni por las adhesiones recibidas, quedó defenestrado tras la entrada en funciones de la ONU, en 1946.  
Ahora bien, la interdependencia de los factores económicos que ha suscitado una fuerte pugna de intereses ha equilibrado, de alguna manera, las relaciones en este acotado sistema de fuerzas (bloque americano, bloque asiático y bloque europeo) como estructura base, a las cuales se han ido plegando aquellos países que, más por necesidad que por afinidad, necesitan acordar (o someterse), para sobrevivir en mejores condiciones socio-económicas. De esto, y mucho, saben los países que estuvieron detrás de la ‘cortina de hierro’ (1920/1989), los que padecieron detrás de la ‘cortina de bambú’ (1949/75) y los que siguen clamando por su pitanza en América Latina.
Escribía el pensador ítalo-argentino José Ingenieros, refiriéndose a la ‘soberanía’ en 1917: “Este aspecto del problema, hoy definitivamente resuelto para todos los filósofos, sin distinción de escuelas o de creencias, no lo estaba hace un siglo. Las instituciones básicas del mundo feudal, la Reyecía y la Iglesia, no habían desaparecido por la crisis revolucionaria de fines del siglo XVIII; la soberanía popular, afirmada como fundamento de la vida civil democrática, no lograba aún sobreponerse a los regímenes de privilegio asentados en el derecho divino. Más todavía; las naciones reaccionarias en política y en religión — Rusia, Austria y Prusia, — en complicidad con la Iglesia Romana, habíanse coaligado en la famosa Santa Alianza para restaurar el antiguo régimen y borrar las constituciones que preludiaban el advenimiento de una etapa nueva en la historia de la civilización; la iglesia Anglicana desempeñaba en los ambientes angloamericanos una equivalente función conservadora o reaccionaria. (1)
En esta actualidad, donde la economía y las finanzas han subvertido sin piedad la escala de valores de prácticamente todas las sociedades del orbe, donde todo se mide por la ecuación costo-beneficio, – hasta la relación familiar – difícilmente se pueda hablar de soberanía con algún sustento o viso de seriedad.
Aun en las cuestiones internas de nuestro país, donde presuntamente el pueblo es el depositario de la soberanía; él mismo la termina entregando a una banda de forajidos que se arrogan el derecho de utilizarla en su provecho alegando la garantía de los votos logrados.
Decía Tocqueville en 1831, que en Estados Unidos el principio de soberanía popular regía sin condicionamientos, pero luego agregaba: “No es que en los Estados Unidos, como en otras partes, no haya ricos. No conozco ningún país en el que el amor al dinero tenga más amplio lugar en el corazón del hombre, y donde se profese un desprecio más profundo hacia la teoría de la igualdad permanente de los bienes. Pero la fortuna circula allí con una incomparable rapidez, y la experiencia enseña que es raro ver a dos generaciones recibir igualmente sus favores.” (2)
Podemos colegir que desde hace doscientos años, en el país del norte la soberanía ha sido licuada por el presunto estado de bienestar, muy sui géneris por cierto. De hecho, las elecciones son voluntarias, y en las últimas presidenciales (2016), sobre 324 millones de habitantes, sólo hubo inscriptos para votar 231 millones, y de éstos votaron solamente 131 millones. Habrá que informarse si existen, además del sufragio, las instituciones representativas necesarias como para garantizar que el ciudadano estadounidense realmente ejerza la soberanía, cuestión que supuestamente debería ir un poco más allá de una ecuación meramente económica, ¿o no?; parece que ya nos olvidamos de Vietnam, de Afganistán, de Irak, de Panamá, de Santo Domingo, etc., etc.
La absoluta realidad es la que descarnadamente nos demuestra que la “soberanía popular”, pese a los mejores deseos de muchos pensadores diseminados por el mundo, no es más que un eslogan que los bandidos utilizan como añagaza para apriscar a la masa en el redil de una falsa democracia republicana, donde sólo votar es ejercerla y justificar la existencia de decenas de instituciones burocráticas y parasitarias es mejorar la plataforma representativa.
Ellos simulan representarnos y nosotros simulamos estar representados, con ésto todos nos conformamos con un equilibrio virtual que, a la larga, no es más que una reedición del presuntamente repudiado sistema feudal.    
Pese a todo, reivindicar el aniversario del Combate de la Vuelta de Obligado es un modo de mantener vivas las ansias de libertad, y es mucho más importante que declamarnos soberanos cuando en el fondo sabemos que no lo somos. Pequeñas licencias que nutren nuestro espíritu.
 
“A un pueblo no se le convence sino de aquello de que quiere convencerse”. (Miguel de Unamuno y Jugo 1864-1936)
 
(1) “Hacia una moral sin dogmas” José Ingenieros (1917)
(2) “La democracia en América” – Alexis de Tocqueville (1831)
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