CGT VERSUS GOBIERNO

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cgt-versus-gobiernoLos dirigentes cegetistas, ¿cuánto más conocen que el resto de la ciudadanía como para decidir lanzar un paro nacional en contra del gobierno?
Porque se supone que mínimamente deberían tener informados a sus representados ya que muchos de los cuales, paradójicamente, votaron a Macri en las pasadas elecciones presidenciales.

Porque es más que obvio que el presunto alejamiento de Hugo Moyano y de Luis Barrionuevo se produjo básicamente porque los dos, después de haber ido a ofrecer el apoyo al macrismo (aunque el bufón Barrionuevo lo niegue porque en octubre de 2015 apostó al massismo) para recibir – tras la victoria de Cambiemos – los fondos retenidos por el kirchnerismo a las obras sociales sindicales (muchos, pero muchos millones), iban a suscribir tácitamente un pacto de no agresión por un tiempo prudencial, i.e. no realizar paros salvajes ni reclamos extorsivos.
Porque no tengo dudas, por lo menos en mis pensamientos, que estos bribones, secundados por los tres chirolitas que han sentado en la oficina de Azopardo 802 ya pactaron, con beneficio de inventario, con el dúctil Massa para catapultarlo a la presidencia en 2019. 
Es muy posible que los unificados cegetistas, también decidieran ‘usar’ a los irreconciliables agitadores de las CTA trotskistas para completar sus ostentaciones de poder en plazas y vías públicas emulando los acarminados mítines de detrás de la vetusta ex cortina de hierro o de bambú, según los gustos.
Decía Perón, parafraseando a Nicolás Maquiavelo: “La fuerza es el derecho de las bestias”; y ante la evidente evaporación de una verdadera Justicia – que no es aquella que nos conviene sólo en lo personal sino la que es razonablemente ecuánime aunque no nos satisfaga -, los que se autotitulan ‘sindicalistas peronistas’ usan, al igual que los trotskistas, la fuerza/violencia de todo tipo justificándola con supuestos reclamos laborales insatisfechos aunque, en definitiva, no dejan de ser acciones extorsivas para sostener sus prebendas de popes sindicales.   
Decía Maquiavelo: “…el vulgo se deja engañar por las apariencias y por el éxito; y en el mundo sólo hay vulgo, ya que las minorías no cuentan sino cuando las mayorías no tienen donde apoyarse”. (1)
Cuando las mayorías sienten que no se hallan comprendidas en el Estado, admiten que estos «parásitos» se adhieran a ellas para nutrirse a costa de su esfuerzo. Esto sucede en una comunidad huérfana de Justicia en sus relaciones laborales, políticas, religiosas y sociales, particularmente cuando los poderes del Estado no son capaces de garantizar sus derechos elementales.
No voy a cargar las tintas en contra de quienes simulan proteger a la ciudadanía desde cada corporación en particular sino de todas en su conjunto, pues los cinco poderes del Estado (Ejecutivo, Legislativo, Judicial, Iglesia y Prensa) tienen vital responsabilidad en el normal funcionamiento de las instituciones de la república, aunque algunos de ellos miren hacia el costado.
Cuando las identidades de los poderes no son distintivas porque cada uno navega según los modelos en boga, corremos el riesgo de neutralizar y/o destruir nuestra estructura jurídica que es la única que puede y debe garantizar la convivencia social.
Esto no quiere decir que los poderes del Estado se mantengan rígidos y no se allanen a la natural evolución social, pero tampoco que sus integrantes pretendan demagogizar sus principios al punto de sumergir a la comunidad en el peor de los males que es la incertidumbre, que no sólo desespera sino que también angustia al ciudadano, y deja el campo orejano a cualquier tiranuelo con buen verso.
Si pensamos que el votar a un representante es entregarle una patente de corso, evidentemente estamos al borde de la pérdida de nuestras libertades. Administrar ordenadamente una sociedad no significa ni puede significar anular la diversidad preexistente, porque lo más importante es el hombre y su libertad innata, más allá de sus convicciones religiosas, políticas, económicas o de otra naturaleza.
En innumerables oportunidades he puesto sobre el tapete el gravísimo error que significó y aún significa politizar partidariamente una asociación gremial.
La solidaridad en una organización de esta naturaleza está dada por el denominador común del rubro laboral en que sus asociados se desenvuelven, independientemente de sus ideas políticas, religiosas, etc.
Los primeros en cometer el error de entintar ideológicamente a las corporaciones gremiales han sido sus dirigentes, abandonando el mandato de sus representados y convirtiéndose en agentes naturales de partidos o agrupaciones políticas.
Los sindicatos, lejos de la ideología de la que participen sus dirigentes, no pueden ni deben estar enrolados en políticas partidarias, y esto ha sido facilitado por la falta de convicciones de los propios afiliados, como es el caso argentino actual donde muchos agentes de la administración pública votaron a Cambiemos y por su pertenencia a un gremio digitado por una pandilla de trotskistas le hacen paro al mismo gobierno que eligieron y, lo que es peor, ni siquiera saben por qué, fuera de la aliviada de un día menos de trabajo.    
En cada provincia sucede un fenómeno similar, particularmente en los gremios docentes, donde se presume que sus adherentes tienen una formación intelectual más profunda que un obrero de la construcción o metalúrgico; aquí también tiene su influencia la moda de que sentirse un intelectual debe ser sinónimo de transgresión aviesa.
El sindicalismo en sí mismo no es ni debe ser sinónimo de «antagonismo social»; son las ideologías políticas las que han hecho de él un instrumento para una absurda lucha de clases desde los albores de la revolución industrial.
No olvidemos que en la Inglaterra de comienzos del siglo 19 con el surgimiento de la máquina, la aceleración de los procesos industriales y la necesaria tecnificación de la mano de obra, aparecieron aquellos «ludistas» que sistemáticamente confrontaban dañosamente con quienes les daban trabajo buscando perjudicarlos.
Que cada dirigente gremial tenga su ideología y/o filiación política es un derecho inalienable, pero que lo quiera imponer a sus representados valiéndose de su condición es una ignominia y una ilegalidad manifiesta.
La asociación gremial, creada a instancias de la tarea común de sus integrantes, debe ser ‘inclusiva’ y no ‘exclusiva’, porque lo que debe primar es el fortalecimiento de la organización, a través de obras sociales, mutuales, atención sanitaria – complementaria a la asistencia pública -, asistencia financiera, actividades recreativas, culturales, deportivas, etc., con el fin de unir a sus miembros bajo el denominador común del bienestar social y no bajo las mezquindades de facciones sectarias y de inconfesables designios político-partidarios.
Para lograr este objetivo es necesario promover un cambio de mentalidad en la sociedad nacional, entendiendo fundamentalmente que cuando cada ser humano llega a este mundo lo hace sólo con su carga genética, pero desprovisto de todo el resto. Las cuestiones que irá incorporando a su mochila serán aquellas que acepte voluntariamente, la más importante, el respeto a las leyes en la convivencia social. Tendrá sus derechos y obligaciones, anverso y reverso de la moneda de la vida; pero de lo que no tengo dudas es de que no merece formar parte de una corporación sindical que sea un instrumento de ideologías o partido político alguno.  
Dice la Constitución Nacional en su Art. 14 bis: “El trabajo en sus diversas formas gozará de la protección de las leyes, las que asegurarán al trabajador: condiciones dignas y equitativas de labor; jornada limitada; descanso y vacaciones pagados; retribución justa; salario mínimo vital móvil; igual remuneración por igual tarea; participación en las ganancias de las empresas, con control de la producción y colaboración en la dirección; protección contra el despido arbitrario; estabilidad del empleado público; organización sindical libre y democrática, reconocida por la simple inscripción en un registro especial.
Queda garantizado a los gremios: concertar convenios colectivos de trabajo; recurrir a la conciliación y al arbitraje; el derecho de huelga. Los representantes gremiales gozarán de las garantías necesarias para el cumplimiento de su gestión sindical y las relacionadas con la estabilidad de su empleo. (…)”
No percibo en qué párrafo del citado artículo 14 bis está expresado que el sindicalismo debe ser peronista, marxista, falangista, socialista, trotskista, fascista, radical, maoísta o un instrumento de partido político o gobierno alguno.
Ya suficiente trabajo deberían tener los dirigentes sindicales conciliando posiciones con las asociaciones empresariales sin recurrir permanentemente al enfrentamiento con el gobierno que, en definitiva, no debería intervenir más que a pedido de las partes y a través de la justicia laboral.
Lo que se va poniendo cada día más claro es que esta dirigencia sindical, a través de la continuidad de su polarización peronismo/trotskismo, y sus planes de acción más contra el gobierno que contra el empresariado, ha dejado a la sociedad como rehén de sus más variadas acciones extorsivas.
Difícilmente podamos contar con inversiones (extranjeras y/o domésticas) para la generación de trabajo genuino, porque ni siquiera los propios poderes ejecutivo y judicial están garantizando el cumplimiento de la Constitución y las leyes.
El régimen recientemente depuesto “solucionó el problema” sacándole a los sectores medios para subsidiar al punteraje del conurbano, desarrollando un cooperativismo apócrifo, como con el que operaban la fundación de las mamás placeras y la agrupación de la Milagrito, la protegida de Francisco.
Lo paradójico, es que la UCA hace mediciones (¿?), el Episcopado saca severos documentos críticos sobre la pobreza, y todos los años reeditan la «colecta más por menos» sacándole a los pobres para darle a los indigentes.
Ni hablar de la prensa amarillista y mercenaria de todo estipendio que tiene a sus plumíferos y gacetilleros en las redacciones fabricando noticias para torcer la verdadera opinión pública, alimentando a los Moyano (padre e hijos), a Luis Barrionuevo & Wife,  al tigrense y su sagaz cónyuge y a cuanto lobista anda pululando por dependencias oficiales para asegurarse un boleto en 2019 junto a Massa.
“No hay cosa que haga más daño a una nación como el que la gente astuta pase por inteligente” – Sir Francis Bacon (1561-1626)
 
(1) “El príncipe” – Nicolás Maquiavelo (1469-1527)
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