CORO DE HIENAS

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CORO DE HIENASEx funcionarios y acólitos kirchneristas, politicastros, jueces, fiscales, prensa en general, dirigencia sindical y empresarial, fuerzas policiales, partidos y agrupaciones políticas, ONG’s, Conferencia Episcopal Argentina y Universidades públicas, a los que pueden sumarse algunos funcionarios actuales, ya por comisión y/u omisión, forman parte del coro de hienas al acecho de un gobierno que hace ocho meses que asumió y que no las tiene todas consigo.

Estos personajillos y corporaciones con su diatriba permanente se hallan dispuestos a dinamitar los febles pilares en que se apoya la actual gestión y, lo que es más grave aún, a soliviantar a los sectores más volubles y manejables de la población.
El verdadero peligro estriba en que al no haber una cúpula castrense proclive a colaborar en lo que antaño fueron los golpes sediciosos cívico-militares, la posibilidad latente es una insurrección de grupos armados (particularmente parapoliciales) cebados por los discursos sediciosos y desestabilizadores del coro de hienas mencionado.
La vesánica Hebe y los seudo émulos de sus vástagos subversivos pretenden volver a un pasado de sangre, violencia y muerte que nos retrotraería medio siglo atrás, y a eso le llaman progresismo.  
Parece que el Presidente Macri y sus más cercanos colaboradores no han captado, en toda su dimensión, el mensaje que recibieron del 51% de la población el pasado 22 de noviembre de 2015.
Los regímenes presidencialistas tienden a asemejarse a las monarquías europeas previas a la revolución francesa de 1789; con pueblos enfrascados en general en una vida rutinaria, que sólo desean trabajar y producir para cubrir sus necesidades básicas – hoy retroalimentadas por una agobiante publicidad mediática -, y gozar de sus momentos de solaz, pero bajo ningún punto de vista tienen intención de preocuparse, y menos aún de ocuparse, de cuestiones políticas o del manejo del Estado, más allá de poner el voto cada dos años.
La misma Constitución Nacional expresa que: “El pueblo no delibera ni gobierna, sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución. Toda fuerza armada o reunión de personas que se atribuya los derechos del pueblo y peticione a nombre de éste, comete delito de sedición”.
La sociedad necesita ser conducida porque sin conducción institucionalizada se hallaría en un estado de anarquía que acabaría en su disolución. Desde el principio de la convivencia grupal, llámese a esta ‘clan’ o ‘tribu’, alguien debió asumir el mando de grupo, como sucede en todo el reino animal del cual no somos la excepción, más allá de nuestras capacidades y habilidades desarrolladas cognitiva y racionalmente.
Quien ejerza ese mando será responsable por la seguridad y la satisfacción de las necesidades elementales del grupo conducido; debiendo reunir para ello las cualidades indispensables para poder cumplir con dichas funciones.
Es obvio que el crecimiento de las sociedades hasta convertirse en modernos Estados con millones de ciudadanos, ha provocado una evolución en las estructuras institucionales y, por ende, un aumento superlativo en cantidad de organismos y funcionarios a cargo de tales.
Ahora bien, ¿qué pasa cuando la cabeza – en nuestro caso el Poder Ejecutivo Nacional -, no advierte o no le hacen advertir con claridad y con la premura del caso cuáles son las acciones que deberían llevarse a cabo frente a temas de capital importancia?
Para ser creíbles y confiables para todos los habitantes de la Argentina tienen que tomar decisiones, aún a riesgo de equivocarse, y sostener las garantías constitucionales a como dé lugar.
En un país en crisis como el nuestro, las señales para restablecer las relaciones internacionales que realmente nos importan pasan por la energía en la conducción y la preservación del respeto a las instituciones de la república y a las leyes.
Darle, por ejemplo, más trascendencia de la que debería tener el Mercosur, es perder un tiempo riquísimo en no buscar o mejorar otras relaciones comerciales que pueden contribuir sustancialmente a mejorar la vida de los argentinos. Preocuparse porque asume la presidencia del mercadito sudaca el “Idi Amín Dada” venezolano, es malgastar un tiempo que, junto a la crisis brasilera, nos jala hacia el pozo común del desconcierto de los países latinoamericanos conducidos por los pequeños dictadores bananeros ensoberbecidos por el poder. 
Cuando hace dos años atrás Macri empezó su derrotero hacia la presidencia, afirmé que no era lo mismo conducir una ciudad de casi tres millones de habitantes con un territorio de 200 km2, que un país de 42 millones de habitantes en un territorio de tres millones de km2, con todos los climas, las diversidades étnicas, las diferentes economías regionales e intereses provinciales, etc., etc., etc.
Lo peor de todo es que en tres semanas formó un gabinete, recreando el consabido ‘reconocimiento’ dando cargos a sus aliados de campaña y designando «amigos de ruta» algunos de los cuales evidencian no tener la menor idea de lo que es la experiencia política aunque hayan devorado libros y se consideren grandes técnicos y/o empresarios.
Pese a nuestros usos y costumbres, en el diccionario doméstico todavía no figuran como sinónimos de ‘político’ los términos ‘ladrón’ o ‘deshonesto’, ergo, le faltó convocar a gente que, aunque no estuviese en el candelero, tuviera por lo menos una experiencia política más profunda y también idoneidad para la tarea que iba a cumplir.  
Presidente Macri, usted se está encerrando solo y es más que evidente que sus ministros y secretarios no tienen la más remota idea de lo que es asesorar ni administrar un Estado. Estoy hablando del dueño de una concesionaria de automóviles como Ministro de Transporte, del ex gerente de una petrolera transnacional como Ministro de Energía, de un ingeniero agrónomo como Ministro de Defensa, de una Licenciada en Humanidades como Ministro de Seguridad, de un Licenciado en Economía como Ministro del Interior, de un ingeniero en electricidad como Ministro de la Producción, de un Licenciado en Letras como Ministro de Turismo, de un economista (portador de apellido) como Ministro de Trabajo, un rabino como Ministro de Ambiente y Desarrollo Sustentable, un abogado como Ministro de Comunicaciones, un escribano como Director de Inteligencia y un “don nadie” a cargo de la SEDRONAR, entre otros.
Creo que la elección de asesores – como retribución a los apoyos políticos logrados para acceder a la primera magistratura – no ha sido la más feliz. Es hora de recordarle a estos consultores que su tarea no sólo no ha sido la esperada sino que está dando sobrados motivos para que el coro de hienas se haga más estentóreo y acabe siendo apoyado por los sectores menos imaginados de una sociedad a la deriva por falta de una conducción firme y convincente.
Dice la frase atribuida a Hipócrates «A grandes males, grandes remedios», y gobernar un país donde el común de la ciudadanía vive en una melancólica medianía y sólo espera que sus representantes le solucionen sus problemas y no sumarse más que los estrictamente necesarios, al no ver esas soluciones hace que adicionen sus voces al coro de hienas, detractoras y acechantes.
La Corte Suprema de Justicia y el Consejo de la Magistratura, hoy su apéndice natural, han dejado el campo orejano para que los justicieros hagan sus deberes en los medios de comunicación más que en los juzgados.
Las constantes declaraciones públicas de éstos, sumadas a las filtraciones – voluntarias o no – de información judicial confidencial, están llevando a la Justicia al extremo de convertirse en un mero toma y daca entre los paniaguados del régimen depuesto y los que hoy se venden como los adalides de las puniciones.
A todo esto, ¿qué hacen los Ministros de la CSJN?; y, además de reunirse a beber café y ponerse al día de la chismografía tribunalicia, ¿qué otra tarea de utilidad social y jurídica llevan a cabo los colegiados de la magistratura?
Considero que el Presidente y sus colaboradores están más preocupados por la forma que por el fondo de los problemas que nos aquejan a los argentinos.
Una cosa es no inmiscuirse en cuestiones de otro poder del Estado y otra muy diferente es hacerse el tonto cuando ese otro poder (en este caso el Judicial) hace una interpretación sui géneris de la normativa vigente y transa políticamente lo que legalmente está prohibido.
Los señores Lijo, Rafecas, Casanello, Canicoba y Servini, han dado muestras cabales, a través de sus fallos, de su falta de ecuanimidad; sin embargo siguen en la cresta de la ola y manejando causas de capital importancia.
Aceptarle la renuncia a Oyarbide no fue más que una burda maniobra que pudo haber reflejado la compra de su silencio en cuestiones que estarían involucrados actuales funcionarios. Todo lo que se dijo para justificar la aceptación de su dimisión fue para la «gilada», al decir del gran Tito Lusiardo.  
El amancebamiento entre el gobierno y la justicia, también era normal en las monarquías prerrevolucionarias, y junto con la Iglesia compartían los beneficios.  
Señor Presidente, si no quiere ser devorado por las hienas en acecho, deje de hacer turismo disuasorio con todos los bufones que merodean La Rosada, incluidos sus consiglieri, la querulante Carrió, que es más lo que boicotea que lo que resuelve con su cháchara en los medios y el máster tracista Massa y su asesor Lavagna Senior.
 
“Hay muchos que se van por las ramas, por uno que va directamente a la raíz.” Henry David Thoreau (1817-1862)
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