DERECHO A OPINAR

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DERECHO A OPINARHablar es algo natural en el ser humano; es la manera de comunicarse socialmente y, de hecho, la inmensa mayoría utilizamos esta forma de expresión con habitualidad por considerarla la más hábil y rica en cuanto a la comunicación.
Ahora bien, ¿qué sucede cuando queremos expresar un pensamiento, una idea, y lo que emitimos no está cimentado en una vivencia propia y, lo peor, no verificada por la mínima experiencia personal? He aquí el gran problema.

La sucesiva acumulación inconsciente de mensajes y seudo información, producto de la violenta irrupción de nuevas simbologías y medios interlocutorios para hacerlo, ha llevado a la sociedad en general a expresar juicios de valor sobre temas que desconoce o que conoce hipotéticamente, pero generalmente sólo expresa ideas o pensamientos ajenos de los cuales se apropia por considerar que coinciden con el ‘sentido común’ de su entorno.
Hoy, debido a la profusa difusión de noticias que realiza la prensa sensacionalista y mercantilista, el ciudadano medio no suele poner a funcionar sus neuronas ni siquiera para establecer relaciones entre la poca o mucha experiencia acumulada en su intelecto y el relato de los gacetilleros que termina formando la falsa opinión pública.
Por ejemplo, si la comunidad analizase con cierta escrupulosidad a los ‘mentados’ notables que acuden (invitados/abonados) a los programas en los medios de comunicación en boga, podrá apreciar que en cada especialidad siempre aparecen los mismos.
Supondrá quizá algún descuidado que no hay otros expertos en esas cuestiones y por ello se dan cita los personajillos ya inventariados en los paneles radiales y televisivos; pero no es así.
Sucede que en nuestro país hay muchos peritos, desconocidos por falta de prensa, en las ciencias más variadas,  pero a los efectos mediáticos de crear una falsa o distorsionada opinión pública, no conviene que aparezcan en el horizonte otros seres pensantes y sin compromisos políticos y/o comerciales.
Asimismo, habitualmente los abonados en distintas disciplinas suelen tener incorporado un casete y repiten las mismas consignas hasta el hartazgo con el fin de horadar la mente del auditorio, echando mano a lo que Ortega y Gasset denominaba  el surtidor de tópicos, prejuicios, cabos de ideas o, simplemente, vocablos hueros que el azar ha amontonado en su interior, y con una audacia que sólo por la ingenuidad (del auditorio) se explica, los impondrá dondequiera”. (1)
También están los ocasionales opinantes que, con algún encono, más por ignorancia que por razón,  le caen de parabienes a la prensa que rápidamente recrea la frase o concepto vacuo y lo usa discrecionalmente a favor o en contra de quien convenga.
Como expresaba Ingenieros refiriéndose a los mediocres ‘rutinarios’: “Pueblan su memoria con máximas de almanaque y las resucitan de tiempo en tiempo, como si fueran sentencias”. (…) “…razonan con la lógica de los demás. Disciplinados por el deseo ajeno, escalónanse en su casillero social y se catalogan como reclutas en las filas de un regimiento (militantes). Son dóciles a la presión del conjunto, maleables bajo el peso de la opinión pública que los achata como un inflexible laminador. Reducidos a vanas sombras, viven del juicio ajeno; se ignoran a sí mismos, limitándose a creerse como los creen los demás”. (2)
Sepamos que también tienen su perfil sedicioso las afirmaciones del periodismo tales como “el pueblo piensa” o “la sociedad reclama” y otras tantas frases que buscan involucrar y/o soliviantar a la ciudadanía con opiniones surgidas de grupúsculos políticos que operan a través de los medios de prensa.
Indubitablemente en buena medida contribuyen a esta parafernalia gacetillera las sobreestimadas encuestas de opinión que por lo general se hacen a pedido de partes interesadas y tienen un trasfondo netamente político aunque se trate de cuestiones referidas a economía, educación, salud o seguridad.
Es así que, dadas las urgencias de los requirentes, las mismas se hacen en los grandes conglomerados urbanos, con un número irrisorio de encuestados y, normalmente, con un perfil dirigido a obtener las respuestas deseadas por quienes la solicitan. Cuando refiero al número de encuestados esto tiene su fundamento en que es en las altas concentraciones humanas donde el mensaje distorsivo logra su mejor efecto y, evidentemente, donde las respuestas de los encuestados serán muy parecidas entre ellas. A eso le llaman opinión pública.
Es así que las estadísticas elaboradas en base a las mal llamadas «encuestas de opinión» terminan siendo un aval para el accionar de quien encarga dicha encuesta.
Otro de los factores que los encuestadores no consideran adecuadamente son los estratos sociales, donde mucho tiene que ver la formación y los conocimientos de los encuestados para justipreciar cada respuesta.
Normalmente, las encuestas son telefónicas y, a diferencia de algunas décadas atrás, en la actualidad cualquier familia tiene teléfono, ya sea fijo o móvil; por tanto no es un indicador de un nivel cultural ni de presunta aptitud cognitiva  sobre el tema a consultar.
Vaya como ejemplo una encuesta que organizó la Revista Noticias/Perfil sobre las cien personas más honestas de 2016. Lo grave es que hubo mucha gente que respondió a la misma eligiendo sin tener la menor idea de lo que hacía.
El término ‘honesto’ deviene del latín honĕstus, que significa honorable, lo que a su vez quiere decir «digno de ser honrado o acatado»; palabra utilizada a partir del siglo XII aproximadamente.
Ahora bien, ¿qué elementos han tomado en cuenta los encuestados para afirmar que las personas elegidas son dignas de tal tratamiento o estima?
Algo similar ocurre con una encuesta desarrollada por otro pasquín respecto de si la ex presidente CFK tendría que ir presa. Otro desaguisado que no resiste el menor análisis.
Valga la comparación. Recuerdo que en mi juventud unos compañeros de la escuela secundaria me pidieron que repitiera varias veces y sin pausa la palabra «yema», al cabo de lo cual me preguntaron cómo se llamaba la clara del huevo, a lo que automática e inconscientemente respondí «yema».
Precisamente esto tiene una relación directa con las encuestas de opinión. Luego de un repiqueteo incesante de los medios masivos de comunicación sobre los centros urbanos más densamente poblados con un determinado paquete de mensajes, seguramente cuando hagan la encuesta no será más que una interrogación retórica, la respuesta será «yema».
Esta es una vieja estrategia muy utilizada por los demagogos estigmatizando a sus oponentes para neutralizar la imagen de los mismos, preguntando luego a sus seguidores qué piensan de ellos a sabiendas de la respuesta que recibirán.
En definitiva, dentro de las posibilidades que tiene la ciudadanía de posicionarse respecto a los temas importantes, es preferible apoyarse en ideas sólidas de los grupos realmente pensantes que dejarse embaucar por las añagazas que permanentemente utiliza la prensa amarillista y mercenaria de todo estipendio para sembrar la discordia que garantice su renta.
Opinar sin saber es como votar lista sábana.
 
“La independencia del pensamiento es la más orgullosa aristocracia.” – Anatole France (1844-1924)
 
 
(1) “La rebelión de las masas” – José Ortega y Gasset
(2) “El hombre mediocre” – José Ingenieros
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