CENSOS, ENCUESTAS Y PRENSA

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CENSOS, ENCUESTAS Y PRENSAEl cotidiano uso y abuso en la expresión de porcentajes provenientes de supuestas estadísticas, que suele utilizar el periodismo, además de su muy dudoso origen, tienen un dejo de maliciosidad manifiesta.
En principio, podemos recorrer los medios de difusión (escritos, radiofónicos y televisivos) y apreciar que los plumíferos echan mano, al igual que politicastros y gremialistas, a porcentajes que utilizan arbitrariamente según la intencionalidad perseguida en el mensaje a emitir.

Si éstos son aquiescentes a los oficialismos suelen exaltar lo positivo y subestimar los negativo; inversamente operan los opositores y, más aún, los oposicionistas y sicofantes quienes, cual ácaros huérfanos, merodean por los apriscos corporativos para rascar su pitanza.
Asimismo podemos observar que algunos sindicalistas (que bastante poco contacto real tienen con los afiliados a sus gremios), utilizan de manera aviesa la información proveniente de organizaciones internacionales, como la OIT, la CEPAL, la FAO, etc., organismos cuyos informes acostumbran basarse en registros provenientes de instituciones relativamente confiables de los países de origen, que éstas publican en sus páginas oficiales; así como también cifras que dan a conocer algunos «observatorios» locales, como el de la UCA o la misma FIEL, a través de las cuales exacerban sus disonantes arengas de trinchera.
Sin dudas que todos ellos especulan con el desconocimiento de la ciudadanía respecto a dichos temas y con la ausencia de ánimo de ésta para, tan siquiera, intentar confirmar la autenticidad de tales aseveraciones.
Dijo un pensador francés: “Aquel que duda y no investiga, se torna no sólo infeliz, sino también injusto” (1)
Lo que siglos después fue complementado por un filósofo alemán, cuando expresó: “No el que tú me hayas mentido, sino el que yo ya no te crea a ti, eso es lo que me ha hecho estremecer.” (2)
La mayoría de los informes y estadísticas, aunque puedan haber sido elaborados con sanas intenciones y a partir de los métodos presuntamente más adecuados, no siempre son exactos ni tampoco utilizados con la escrupulosidad que puede demandar la cuestión en disputa.
Una vez que se ha comprobado su exactitud, ésta dará fundamento para creer en ella, pero cuando se verifica su inexactitud, máxime si se la considera intencional, tendría que motivar el descreimiento de toda información que provenga de esas fuentes. 
Cuando años anteriores la oposición basaba algunos de sus ataques al gobierno en las estadísticas emitidas por organismos o comisiones no oficiales, afirmaban que dichas cifras se ajustaban a la realidad, mientras el oficialismo repudiaba los dictámenes; ahora sigue sucediendo algo similar pero con caras diferentes; y para el periodismo amarillista y mercenario de todo estipendio cualquier porcentaje le viene como anillo al dedo para deponer sus entintadas mendacidades.
Ejemplos sobre manipulación de datos estadísticos encontramos por centenares en la vida de nuestro país. Algunos de ellos han quedado reflejados en obras literarias que no otorgan margen de duda, como una de Roberto J. Payró, publicada en 1910, en la cual escribió: “Y los «dirigentes» de Los Sunchos, al levantarse el último censo, por arte de birlibirloque habían dotado al departamento con una importante masa de sufragios – mayor que el natural -, para procurarle decisiva representación en la Legislatura de la provincia, directa participación en el gobierno autónomo, voz y voto delegados en el Congreso Nacional y, por ende, influencia eficaz en la dirección del país”. (3)
No sólo las estadísticas confeccionadas por organizaciones o empresas privadas suelen ser manipuladas, también aquellas que producía y produce el propio INDEC, y no solamente en lo referido al IPC (Índice de Precios al Consumidor), sino también con las cifras de la cantidad real de población, su distribución, la situación laboral, habitacional, sanitaria, etc., que tienen una estrecha relación con la coparticipación federal’.
Sin ir más lejos, el Censo Nacional de 2010, llevado a cabo el mismo día de la muerte de Kirchner, estuvo plagado de falsas informaciones y faltantes de datos esenciales. Sobre ello, los medios y sus paniaguados no se han expresado, especialmente aquellos que se pavonean frente a una cámara de TV parloteando de economía, aunque ya han transcurrido casi seis años.
Por último y sin ánimo de movilizar rencores, no hay más que remitirse al libro “Nunca más”, en el cual han sido publicados detalladamente los informes de la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas) al 20/09/1984, y donde se afirma que el número de desapariciones producidas durante la última dictadura cívico-militar (1976/83), asciende a 8960 personas. Si bien la cifra ni pública ni legalmente ha sido cuestionada por las organizaciones de derechos humanos, éstas últimas afirmaron de manera recurrente que el número era de treinta mil personas, cuestión jamás probada. Dice el informe: “Si bien constan en los archivos de la CONADEP denuncias acerca de aproximadamente 600 secuestros que se habrían producido antes del golpe militar del 24 de marzo de 1976, es a partir de ese día que son privadas ilegítimamente de su libertad decenas de miles de personas en todo el país, 8.960 de las cuales continúan desaparecidas al día de la fecha.” [sic]
La suspensión de facto de las garantías constitucionales y el sometimiento de unos cuantos justicieros de la época al proceso dictatorial, no hicieron más que dar letra a quienes hoy «negocian la sangre derramada» hace 40 años, en uno y otro bando en pugna.
Por supuesto que la prensa tampoco cuestiona los números virtuales porque dejaría de ser negocio, aunque durante los años previos y durante la dictadura aludida, los editoriales no eran tan complacientes con los DDHH como después de 1983.
Escribía Arturo Jauretche, allá por 1968, en plena dictadura cívico-militar encabezada por Onganía: El cuarto poder está constituido en la actualidad por las grandes empresas periodísticas que son, primero empresas, y después prensa. Se trata de un negocio como cualquier otro que para sostenerse debe ganar dinero vendiendo diarios y recibiendo avisos. Pero el negocio no consiste en la venta del ejemplar, que generalmente da pérdida: consiste en la publicidad. Así, el diario es un medio y no un fin, y la llamada “libertad de prensa”, una manifestación de la libertad de empresa a que aquélla se subordina, porque la prensa es libre sólo en la medida que sirva a la empresa y no contraríe sus intereses. Ahora en su calidad de primer poder, es el único que no es afectado por los golpes de estado. Porque además de ser de primera internacional y S.I.P. mediante, y también sin ella, es el que termina por disciplinar los otros poderes conforme a las exigencias de la libertad de prensa”. (4)
La Argentina está estigmatizada por la abrumadora influencia con que los medios de comunicación laceran el cuerpo social. Especialmente en las grandes urbes, donde la alta concentración humana oficia de caja de resonancia para los mensajes emitidos por el periodismo y su asfixiante entorno comercial.
No sólo imponen usos y costumbres a una sociedad proclive al cambio de moda por la baja estima que alberga por sus valores culturales, sino que, y lo que es más grave, entroniza interesados mensajes alterando el imaginario colectivo y viabilizando falsos o distorsionados conceptos e ideas.
Para que no resulte extraño a mis lectores, les sugiero que se detengan a escuchar a los periodistas que lucran al amparo de los principales grupos mediáticos conduciendo programas político-económicos, y presten atención cuando utilizan números o, mejor, porcentajes para dar peso específico a sus febles conceptos, recurriendo luego y con poca habilidad al uso de la retórica y de cuanto tópico les viene a la mente para plasmar su discurso.
Aprecien que cuando sistemáticamente echan mano a porcentajes es porque están apelando medias verdades o lisa y llanamente a falsedades. En algunas oportunidades dejan esa ingrata tarea, (puerta abierta para desentenderse o negarlo a posteriori), en manos de algún ladero del entorno o de algún invitado especial buscando que, en la vorágine del reportaje, ratifique sus aserciones y terminar afirmando que el importante panelista convalidó sus afirmaciones.
También emplean la interrogación retórica, que consiste en hacer una pregunta que ya contiene en sí misma la respuesta, por lo que el interlocutor no tiene la necesidad de responderla, y con lo cual intentan dar entidad a su digresión.
En síntesis, las agencias de noticias domésticas son muy pocas, ergo, para ganar mercado, apelando a la primicia o a la información altamente calificada, muchos medios utilizan el propio relato basado en tijeras y engrudo, suposiciones y números engañosos; con ello suelen lograr la atención de la audiencia y cooptar ingenuos que inmediatamente difundirán el mensaje recibido como una verdad concienzudamente comprobada.
Por otro lado están los medios que se hacen eco de prefabricadas encuestas de empresas que lucran con el poder y con la prensa, que otorgan jerarquía a la información y meritan para el futuro acopio de fondos a través de la generosa pauta oficial; ingentes si se trata de época electoral.  
No es casual que yo haya bautizado a los medios de comunicación vernáculos como «prensa amarillista y mercenaria de todo estipendio», porque es probadamente sensacionalista, primicial y arrenda su consciencia al mejor postor. 
Recuerden hacer las cuentas cuando escuchen a algún agorero lanzando porcentajes al aire, porque no es lo mismo el 300% de $1.20 que el 10% de u$s 1.000.000; este manejo de porcentuales lo hacen con total mala intención a fin de provocar una sensación de malestar en la ciudadanía y la consecuente repulsa hacia los objetivos a los que apuntan las críticas.
Hoy la prensa no informa, forma opinión y le pagan para ello.
 
“El trabajo de los periodistas no consiste en pisar las cucarachas, sino en prender la luz, para que la gente vea cómo las cucarachas corren a ocultarse.” – Ryszard Kapuściński (1932 – 2007)
 
(1) Blaise Pascal (1623 – 1662)  
(2) “Más allá del bien y del mal” – Friedrich W. Nietzsche (1886)
(3) “Divertidas aventuras de un nieto de Juan Moreira” – Roberto Jorge Payró (1867 – 1928)
(4) “Manual de zonceras argentinas” – Arturo Jauretche (1901 – 1974)
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