LA INFORMACIÓN

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LA INFORMACIÓNDías pasados mientras hacía mi acostumbrado recorrido, control remoto por medio, por los canales de televisión, en horario central, en uno de los oráculos del grupo corneta, ¡sí, el del muñequito al cual se le van acentuando cada vez más rasgos de “Chucky”!, veo y escucho a un comentarista de uno de sus libelos satélites, en un programa donde hace junta con un economista, integrante de la aljama porteña, dedicado a la asesoría empresarial.

Discurría este periodista sobre la ausencia de información de parte del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC), respecto a los porcentajes de pobreza a nivel nacional, considerando a esa cuestión de capital importancia…; aunque no especificó claramente el por qué.

Hubiese sido más que interesante que tanto este gacetillero, como sus colegas de otros medios afines, expresaran cuál era el destino a darle a esos datos, si el habitual para seguir cargando las tintas sobre un régimen en franca retirada (o no tanto…), o para aportar alguna solución que el gobierno nacional no da porque ‘no puede’, ‘no sabe’ o ‘no quiere’.

No es una cuestión menor la que estoy planteando, y no me refiero a la desinformación a la que nos tiene acostumbrados ese ente estatal y el periodismo en general, sino a un problema mucho más sensible que sufrimos en nuestro país, esencialmente desde las alternancias entre dictaduras cívico-militares y arlequines apoltronados en el sillón de Rivadavia, y que no es otro que el de saber quiénes y para qué usan, o dejan de hacerlo, la información a la que acceden.

El plumífero a que hago referencia, utilizó onerosos minutos televisivos para simplemente machacar sobre el mismo clavo, lanzando heces sobre la gestión K, como queriendo convencer a los televidentes de que esta administración que nos agobia es tan taimada que nos niega datos vitales para nuestra continuidad como nación.

En una palabra, terminan asumiendo la misma actitud deleznable que viene manteniendo el canal oficialista, básicamente la cáfila de hozadores de porquera en el abominable 678.

Considero que, luego de largos doce años de desgobierno, sólo los fanáticos K (tanto los lelos como los subvencionados), siguen manteniendo su interés en prolongarle la estadía a esta pandilla de cacos profesionales; el resto de la ciudadanía ya está bastante hastiado y/o en coma auto inducido para no seguir escuchando la misma cantinela desde la ruptura entre el ‘Chucky’s daily’ y Bonnie & Clyde.

Pero voy a agregar una interrogante más, que tampoco es para despreciar; ¿qué es lo que hacen muchos de estos editorialistas con información que reciben de distintas fuentes?

Porque convengamos que mucha de tal información y/o sus fuentes no deben o no pueden ser dadas a conocer por múltiples razones; desde el compromiso que podría significar para quien la difunda, ante a los justicieros, hasta la pérdida de cualquier negociación con el poder. De ello, el ‘Chucky’s daily’, sus acólitos y epígonos, saben bastante, esto es lo que le ha valido la sobrevivencia durante setenta años y a través de todos los regímenes posibles.

Es más, difícilmente concurran ante la Justicia a presentar denuncias, (más o menos la misma actitud asumida por la Iglesia vernácula, que sólo publica documentos vagos y sin compromiso concreto), porque de hacerlo de esa manera deberían justificar el origen de la información y, por razones más que obvias, no están dispuestos a blanquear a sus correveidile, máxime si alguno de ellos pertenece a ciertos organismos del Estado.

También suele suceder que la información pueda resultar tan valiosa que les termina ardiendo en las manos y, en el mejor de los casos, la canjean por la pitanza, esencialmente los aprendices de comunicadores que creen que la primicia es tener la información aunque no sepan qué hacer con ella.

Por otra parte, es interesante agregar, que los denominados medios de difusión nacionales, son así llamados porque venden la porteña y centralista imagen a lo largo del país, pero en realidad, ni siquiera la red instalada por el kirchnerismo, haciendo uso y abuso de Radio Nacional y otras emisoras, al mejor estilo dictatorial de otrora, ha intentado establecer un federalismo informativo de ida y vuelta.

Esto hace que la CABA y el conglomerado urbano circundante, se hayan convertido en una verdadera isla que (al igual que la criticada Gran Bretaña con la Commonwealth), se nutre del vasallaje provincial, mientras vive en la más ostentosa y endogámica ignorancia respecto al resto de la Argentina.

Todavía hoy perduran periodistas o seudo comunicadores que no conocen la geografía nacional ni siquiera por haber tenido que estudiarla en la escuela secundaria.

Pero lo más grave es que hay legisladores nacionales que discuten, aprueban o bloquean proyectos de leyes sobre cuestiones puntuales de provincias que ni siquiera saben ubicarlas en el mapa; cuestión compartida por muchos de los politicastros amuchados en un radio de diez manzanas alrededor de La Rosada.

El Ministro del Interior y Transporte, actual precandidato presidencial, no conoce el país, sólo ha hecho esporádicos viajes por cuestiones de campaña electoral y NADA MÁS; los de Defensa Nacional y de Seguridad tampoco conocen nuestra geografía, qué podemos esperar del resto del staff gubernamental.

Lo peor que nos sucede es que el funcionariado que, en base a la información que reciben o fantasean, manipula vida y bienes de los argentinos, crea o quiera creer que porque quien gobierna ha sido elegido por una mayoría de electores a través de una boleta perteneciente a un partido o alianza política, éstos están absolutamente identificados con ellos. Aquí se ha perdido de vista la línea que divide el instrumento electivo (medio) con la plataforma electoral u objetivos a cumplir (fin).

Pero lo importante para ellos es tener o inventar la información, de allí a qué hacer con ella o cómo utilizarla hay un trecho el cual son muy pocos los ‘elegidos’ que dan el perfil para semejante recorrido.

Muchos changarines de prensa y de irrelevantes burócratas toman alguna información que les es ‘vendida’ como trascendente y la atesoran efímeramente como a un aquilatado diamante que, en definitiva, saben que no van a poder exhibirlo porque les excede su estatus, razón por la cual la terminan entregando a cambio de adjudicarles el mérito de la primicia. Así empezaron varios de los gazmoños que hoy están en el candelero mediático.

Pero la corporación plumífera en general y la política en particular, ostentan este depauperado nivel de intelectualidad, como producto del estado de degradación cognitiva de una sociedad que ha bajado sensiblemente sus estándares de exigencia, lo mismo sucede en educación, salud y seguridad.

Para ser absolutamente gráfico, me tomaré la libertad de citar textualmente a Karl von Clausewitz, quien en sus escritos sobre la guerra franco-prusiana, expresara: “Una parte de la información obtenida (…) es contradictoria, otra parte todavía más grande, es falsa, y la parte mayor es, con mucho, un tanto dudosa. Lo que en este caso se exige de (…) – [un analista] – es cierto poder de discriminación que sólo puede obtenerse gracias al juicio justo y al conocimiento de los hombres y de las cosas. (…) Es afortunado si estos informes, al contradecirse unos a otros, producen una especie de equilibrio y despiertan por sí mismos el juicio crítico. (…) En pocas palabras, la mayoría de los informes son falsos [o portadores de algún dato falso], y la timidez de los hombres da fuerza nueva a las mentiras y falsedades. Como regla general todo el mundo se siente más inclinado a creer lo malo que lo bueno. Todos se sienten inclinados a magnificar lo malo en cierta medida y, aunque los peligros así propalados se apacigüen como las olas del mar, pueden, lo mismo que éstas, levantarse sin ninguna causa aparente”.1

En la expresión en negrita está verdaderamente la cuestión entre quienes generan y quienes reciben la información, en estas cuestiones no se trata simplemente de ideologías sino de aptitudes y actitudes tanto del emisor como del receptor.

Y la prensa amarillista y mercenaria de todo estipendio entendió, hace más de un siglo, que ‘toda información es absolutamente negociable y, según su interés, será la rentabilidad’.

Por otra parte, hasta las agencias de inteligencia, locales e internacionales, negocian y comercian la información.

1 ¿De la Guerra’ – Karl von Clausewitz (1780-1831)

“Nada nuevo hay bajo el sol, las trampas siguen siendo las mismas pero todos los días nace un ingenuo”.

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